MARTES, 27 DE JUNIO DE 2006
Yo no votaría por la Madre Teresa de Calcuta

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“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“Entre otras cosas, porque la Madre Teresa de Calcuta estuvo demasiado ocupada ganándose el cielo como para dedicarse a la política, que es una actividad legítima pero radicalmente egoísta.”


Si alguien cree que la mejor manera de ayudar a los demás es la política ese alguien se equivoca rotundamente. La política es una actividad tan encaminada a conseguir el bienestar personal y de nuestra familia como cualquier otro trabajo. Los santos en vida son un desastre cuando se meten a la política; además de que suelen ser falsos santos, perfectos hipócritas que causan incontables daños.

 

Tanto Teresa de Calcuta como Teresa de Ávila fueron mujeres excepcionalmente inteligentes cuyos negocios no eran de este mundo; hicieron su apuesta en “otra cancha”, la de la eternidad, y según las reglas de ese juego –ver catecismo de la Iglesia Católica- ganaron.  La política en cambio es un negocio de este mundo. Tiene que ver con el bienestar material, con la elección entre bienes precarios o entre males mayores y menores, con la escasez.

 

Algunos teólogos hablan de “la economía de la salvación”, se trata de una economía radicalmente distinta de la que conocemos, en la que la regla no es la escasez sino la sobreabundancia de gracia que ahoga y sobrepasa, al final de los tiempos, a la abundancia del mal. En la “economía de la salvación” la gracia es un subsidio inagotable que sobrepasa la suma de todos los méritos individuales y que proviene, en el caso de la religión católica, de los méritos redentores de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre. En la economía terrenal no hay comidas gratis, no hay gracia, hay recursos escasos frente a las necesidades y las apetencias que parecen tender al infinito. La economía terrenal está acotada por el tiempo y el espacio. La llamada “economía de la salvación”, en cambio, se inscribe en un terreno misterioso que no acertamos a explicar: la eternidad.

 

Hechas tales precisiones, se entiende que lo más razonable es que los ciudadanos desconfiemos de los políticos en general y de los políticos filántropos en especial; de los políticos disfrazados de redentores que juran que desde la más tierna infancia sólo han pensado en el bien de los demás y en abstracciones tales como el bien de la patria, el bienestar de las mayorías, la suerte de los más pobres y desamparados. O equivocaron su vocación, y deberían irse de misioneros o de cartujos, o nos están tomando el pelo. Generalmente se trata de esto último.

 

Cuando alguien me dice que votará por el político Fulano porque ese político “se preocupa por la gente” y está lleno de buenas intenciones, estoy ante un elector que confunde las urnas con los confesionarios. Si su preferido gana, tendrá lo que busca: Un predicador, un juez de las intenciones, un enviado divino, tal vez un mesías, pero nunca tendrá un buen gobernante.

 

En una república, la silla presidencial es lo menos parecido a un altar.


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