Reflexiones libertarias
Ene 8, 2020
Ricardo Valenzuela

La historia real del capitalismo y sus enemigos (III)

La demanda al gobierno por justicia social, en realidad es una solicitud para establecer una economía comandada por un estado totalitario eligiendo ganadores y perdedores.

“Una nación puede perder su libertad en un día, y no extrañarla durante un siglo” Montesquieu

La política puede ser útil pero no como solución. Los dilemas de los países no podían ser resueltos con fuerza política, sino por el esfuerzo privado de una sociedad libre. Eran pocos los convencidos que lo diabólico que le atribuían al nuevo sistema liberal, era provocado por interferencias que bloqueaban el flujo de la libertad natural. El capitalismo, le decían a la gente, era un sistema desalmado de perro-come-perro. Identificaban a los “robber barons” como controladores de las áreas vitales de la economía extrayendo el tributo de la nación. El capitalismo “laissez-faire”, les repetían, era una invitación a la depredación. Y se requería la intervención del gobierno y el uso criminal de su fuerza para que la economía sirviera a todos. Las piezas legislativas que activaba ese debutante gobierno, era el inicio de su invasión para “ordenar el caos” y ordeñar justicia social de la economía.

¿Era justa esa versión? O ¿Era que nunca se hubiera disfrutado de un verdadero capitalismo laissez-faire?

Porque ya se fomentaban las tarifas, la mayor abrogación en una genuina economía de mercado. La estructura económica era acribillada con subsidios, franquicias, privilegios y favores políticos para intereses especiales. Pero ¿era posible que lo diabólico que se atribuía al capitalismo emergía, no por el mismo capitalismo, sino por esas interferencias de las que está siendo objeto? Esto se debatía frente a quienes pedían la intervención del gobierno y proteger la indefensa sociedad. Sin embargo, no había quien asumiera su defensa con armas tan efectivas como los resultados, la lógica, la razón, la verdad. Los nuevos liberales seguían sufriendo esos ataques argumentando la libertad económica era la causa de todos los problemas y el gobierno debía resolverlos.

Pero eran quejas superficiales e infundadas. Se podía exponer el que, si algunos canallas se habían aprovechado de esta situación, era porque el gobierno, en sociedad con ellos, lo había permitido y promovido. Siempre que emergía la fetidez de proyectos manejados con dolo, el verdadero villano era gobierno que aparecía utilizando su visible mano negra. Entonces tal vez entenderían que, así como tomó siglos expulsar al gobierno de la religión, también podría ser expulsado de la economía. Pero no todos los emprendedores eran ejemplos de santidad. El mercado libre no hacía juicios morales ni éticos, era solo la forma en que los hombres libres trabajaban para satisfacer su autointerés. El mercado no podía evitar que arribaran a él hombres de corazón corrupto, pero, en una verdadera economía libre, el mismo mercado se encargaría de expulsarlos, no de rescatarlos, ni consolidar su deshonestidad o ineptitud, ni protegerlos, el mercado libre era un juez tajante al momento de proscribirlos.

Era una lucha de la fuerza contra la razón, y urgía lograr se entendiera que la incumbencia del gobierno no debería ser “compasión” sino libertad. Porque utilizando la fuerza contra el individuo se convertía en agente del despotismo. Durante 6,000 años se había tratado definir el papel que debería tener el gobierno. Se describía una larga lista de rebeliones en contra de la fuerza del estado. Cuando esos movimientos triunfaban, se les llamaba revoluciones en donde la vuelta de la rueda era el cambio. Pero habían sido movimientos alrededor de un círculo que permanecía inmóvil y los del interior nunca lo abandonaban. Lo que permanecía fuera del centro era una ciega creencia en esa potestad. Y nunca la gente ni los revolucionarios la habían cuestionado y apaciblemente aceptaban que controlara al individuo.

El gobierno era una agencia de fuerza física legalizada. Esa fuerza podía ser usada para proteger los derechos individuales o para violarlos. La forma en que usaba era lo que distinguía una sociedad libre de una tiranía. En la sociedad libre el gobierno usaba fuerza solo en respuesta a quienes habían violado los derechos individuales, mientras que, en una tiranía la iniciaba contra quienes no habían violado los derechos de nadie. Y ahí se tomaba un camino sobre una línea muy delgada. El estado debería usar la fuerza solo cuando se hubieran violado los derechos por algún acto de fuerza o fraude. El no actuar en algunos casos, no constituía violación de esos derechos. Si un pacifista rechazaba pelear, no violaba ningún derecho. Los derechos podían ser violados solo por actos positivos, no por rehusar actuar.

El concepto de libertad no significaba exigir “todo lo que se deseaba”; libertad del hambre, de la pobreza, del aburrimiento, de las preocupaciones, libertad de gente que les caían mal, porque si el gobierno se dedicara a garantizar esa clase de “libertades”, solo lo podría hacer iniciando la fuerza contra aquellos que rehusaban pagar por ello, o infringiendo los derechos de otros. Las acciones del gobierno deberían ser para proteger una libertad en la cual la gente podría decidir la mejor forma para servir los intereses de otros. No por mandato del gobierno. Si se preocupaban, como debería ser, por el bienestar de los menos favorecidos, debían entender que era en las sociedades más libres en donde el individuo tenía más seguridad ante la agresión del estado. Sería cuando ricos y pobres habrían logrado mejores situaciones y se respetarían unos a otros. 

Pero cuando el gobierno abandonara su mandato para el uso legítimo de la fuerza, y la usara como represalia ante quienes no habían violado los derechos mediante algún acto positivo de fuerza o fraude, se estarían internando en un bosque oscuro y peligroso; si el gobierno decidía, como se lo pedían, provocar justicia social distribuyendo la riqueza. El gobierno no estaba autorizado para dar a unos lo que primero tenía que quitar a otros, y así, con todas sus buenas intenciones, se convertiría en un ladrón con permiso legal para despojar. Y cuando esta gran estafa iniciara su desarrollo, el gobierno crucificaría la sociedad con impuestos, tarifas, regulaciones y toda clase de formas para continuar sangrándola hasta que la economía, como un todo, se estancara solo esperando el momento para expirar.

En sociedades libres, la distribución de riqueza resultaba de las decisiones de individuos actuando en el mercado. El único significado práctico de las quejas acerca de injusticia social era que existía un sistema donde los individuos eran libres para elegir sus ocupaciones y triunfar o fracasar, pero no debía existir un poder garantizando resultados que correspondieran a sus deseos. Pero para ellos el único remedio para eso era un estado aboliendo las libertades individuales y demoliendo la independencia del hombre para organizar el orden social que correspondiera a su concepción de lo moralmente justo. La demanda al gobierno por justicia social, en realidad era una solicitud para establecer una economía comandada por un estado totalitario eligiendo ganadores y perdedores. La iniciación de fuerza sin bases legales de parte del estado era un camino seguro hacia la tiranía y la vieja servidumbre. ¡Y la lucha se arreciaba!



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El punto sobre la i

Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Miguel Ángel Boggiano
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