LUNES, 10 DE AGOSTO DE 2009
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“"Lo que persigue un buen socialista es que nadie sea tan rico como para poner a otro de rodillas ni nadie sea tan pobre como para tener que arrodillarse ante otro." ”
Alfonso Guerra

Singular concepción la que tiene Guerra (vicepresidente del gobierno español en tiempos de Felipe González), del rico y el pobre, el primero con la intención de que alguien más se arrodille ante él, ¡mucho mejor si se trata de un pobre!, y el segundo con la propensión a arrodillarse ante alguien más, ¡más humillante si se trata de un rico!, concepción que imagina que, desde el punto de vista moral, en general, y de la dignidad de la persona, en particular, la riqueza y la pobreza son inaceptables, razón por la cual el rico peca por exceso y el pobre por defecto, o tal vez sea al revés: el que peca por exceso es el pobre y lo que lo hace por defecto es el rico. Ligar la calidad moral de cada cual, a la mucha o poca fortuna de cada quien, es un error, propio de una concepción predeterminista y materialista del ser humano.

 

¿Acaso no hay ricos que se arrodillan, por lo menos metafóricamente, ante otros ricos? ¿Y no sucede lo mismo con los pobres? ¿No hay pobres que se arrodillan, al menos simbólicamente, ante otros pobres? Y ese arrodillamiento figurado, ¿no es más denigrante que el arrodillamiento real?

 

La afirmación de Guerra plantea, de entrada, la siguiente pregunta: ¿cuál es la máxima desigualdad entre ricos y pobres compatible con la intención de que, como lo señala él mismo, nadie sea tan rico como para poner de rodillas a otro, ni nadie sea tan pobre como para tener que arrodillarse ante otro? ¿Cuál es esa desigualdad ideal y  cómo, partiendo de la desigualdad existente, conseguirla? ¿Qué respondería Guerra a tales preguntas? ¿Qué cualquier desigualdad es inaceptable por lo que la meta debe ser la igualdad?

 

Vamos a suponer que, efectivamente, esa sea la meta que persigue quien Guerra llama un buen socialista. ¿Cuál es la meta que persigue un buen liberal? Arriesgo la siguiente respuesta: “Lo que persigue un buen liberal, independientemente de cuál sea el grado de desigualdad entre quienes generan más ingreso y quienes generan menos, es que los que menos generan generen suficiente para que, por medio del trabajo propio, satisfagan sus necesidades básicas, incluidas entre ellas el ahorro, que es la llave del progreso económico”.

 

El buen liberal pone el énfasis en el trabajo productivo, en la generación del ingreso, y en la eliminación de la pobreza. El socialista, bueno o malo, lo pone en la igualdad, en la distribución del ingreso, en las necesidades insatisfechas. Son dos visiones antitéticas, que generan dos versiones distintas del quehacer gubernamental. En la visión liberal el gobierno debe garantizar derechos. En la socialista su deber es satisfacer necesidades. En la visión liberal el gobierno, por poner un ejemplo, debe garantizar que nadie le robe su comida a alguien más, comida que debe ser el resultado del trabajo propio. Desde la perspectiva socialista, para continuar con el mismo ejemplo, el gobierno debe darle comida al hambriento, para lo cual, previamente, tuvo que quitársela a alguien más, comida que entonces es el resultado del trabajo de alguien más, lo cual va en contra de la visión liberal y, al final de cuentas, en contra de la dignidad de la persona, y me refiero, no a aquella a la que se le quita, sino a aquella a la que, producto de la redistribución, se le da, tal y como sucede hoy en día, día en el cual gobernar es sinónimo de redistribuir, redistribución que viene de tiempo atrás, tal y como lo manifiesta la siguiente frase de Voltaire: “El arte de gobernar consiste en quitarle, lo más que sea posible, a una clase de los ciudadanos, para dárselo a otra”, tal vez con el fin de conseguir que nadie sea tan rico como para poner a otro de rodillas, ni nadie sea tan pobre como para tener que arrodillarse ante otro.

 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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