DOMINGO, 1 DE MAYO DE 2011
El punto sobre la i
¿Considera usted que, en caso de logar su registro, “México Libre” es una alternativa viable para tener una oposición fuerte?
No
No sé

Arturo Damm





“Si usted invierte mucho y sigue produciendo algo que nadie quiere, su inversión será un fracaso. Si usted educa mucho a su gente, pero en cosas que no se convierten en productos que la gente quiere, toda esa educación será inútil, al menos en cuestión productiva. Si lo que se quiere es crecimiento económico lo que hay que hacer es vender cosas que los consumidores quieran comprar.”
Macario Schettino

Schettino hace referencia a la que, con toda propiedad, podemos llamar la primera ley del mercado, ley natural, es decir, anterior y superior al ser humano, en el sentido de que la misma, en cuanto anterior, no ha sido redactada y promulgada por persona alguna, y, en tanto que superior, no puede ser violada impunemente por los oferentes de bienes y servicios. Esa ley, la primera del mercado, se enuncia de la siguiente manera: “Para tener, en calidad de oferente, éxito en el mercado, hay que ofrecer lo que los consumidores valoran, y al precio al que están dispuestos a comprarlo,” ley cuya vigencia, mientras el ser humano siga siendo el que es, y mientras el problema económico de fondo siga siendo el de la escasez, es universal, válida ayer, hoy y mañana; aquí, allá y acullá.

Lo primero que señala la primera ley del mercado es que el oferente de mercancías, si ha de tener éxito, debe ofrecer lo que los consumidores, a partir de sus necesidades, gustos, deseos y caprichos valoran, de tal manera que los oferentes de bienes y servicios deben ponerse, literalmente, al servicio de los consumidores, quienes, ante las opciones de consumo que se les presentan, tienen libertad de elección, ¡comenzando por la decisión de comprar o no comprar!, lo cual los hace, en el sentido literal del término, los directores de todos los procesos de producción, comenzando por lo más importante: elegir qué producir.

Pero la primera ley del mercado va más allá, ya que después de señalar que si el oferente de mercancías ha de tener éxito debe ofrecer lo que los consumidores valoran, añade una segunda condición para dicho triunfo: al precio al que los consumidores están dispuestos a comprarlo o, dicho de otra manera, al precio al que valoran la mercancía que se les ofrece, ya que no a cualquier precio los consumidores compran cualquier mercancía, por más que la valoren, de tal manera que no basta con que el oferente ofrezca lo que los consumidores valoran, debiendo además ofrecerlo al precio acorde, uno, con dicha valoración y, dos, con el poder adquisitivo del consumidor.

Un consumidor puede no comprar una mercancía, o porque no la necesita, y por lo tanto no la valora, o porque, valorándola porque la necesita, no está dispuesto a pagar el precio que el oferente pide a cambio de ella. Como el consumidor tiene, frente al oferente, libertad de elección, el segundo tiene que ofrecer, no solamente lo que el primero valora, sino al precio al que está dispuesto a comprar, lo cual depende, uno, de qué tanto necesite, y por ello valore, el bien o servicio que se le ofrece, y, segundo, de qué tanto poder adquisitivo tenga.

El hecho es que la primera ley del mercado, a la que hace referencia la frase de Schettino, señala dos hechos, que forman parte del orden natural de las cosas en el mundo de la economía: que el oferente no puede 1) producir lo que le de la gana, y que tampoco puede 2) ofrecerlo al precio que le venga en gana, y no puede, ni lo uno ni lo otro, porque el consumidor tiene la libertad 1) de elegir qué compra y qué no y 2) a qué precio compra y cuál no, libertad de elección que lo hace el director de todo el proceso de mercado, no en el sentido de que elija qué se produce y a qué precio se ofrece, elecciones que lleva a cabo el oferente, pero sí en el sentido de que, una vez ofrecida, a un determinado precio, una mercancía, él decide si la compra o no, decisión de la cual depende el éxito de las dos elecciones del oferente: qué producir y a qué precio ofrecerlo. Al final de cuentas, ¿quién tiene la última palabra? El consumidor, soberano en el mercado, a cuyo servicio debe ponerse el oferente.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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