DOMINGO, 8 DE JULIO DE 2012
El punto sobre la i
¿Considera usted que, en caso de logar su registro, “México Libre” es una alternativa viable para tener una oposición fuerte?
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No sé

Arturo Damm





“El capitalismo es un mecanismo frío, que crea riqueza y egoísmo, que pasa a formar parte de la vida cotidiana. Eso debe ser contrarrestado por una muy rica vida espiritual.”
Mario Vargas Llosa

La frase de Vargas Llosa me recuerda lo dicho por Ayn Rand, a quien cito de memoria, pero fiel a su idea: “De la misma manera que el ser humano debe esforzarse para producir los bienes con los que mantiene su vida, debe esforzarse por adquirir aquellos valores –culturales, morales y espirituales– que hagan que su vida sea digna de mantenerse”. No basta con mantener la vida, y tampoco basta con alcanzar mayores niveles de bienestar, algo que tiene que ver con el estar bien. Y no basta para quien, con toda propiedad, podemos llamar el hombre virtuoso, quien ante todo busca el bienser, que requiere un mínimo de bienestar, pero que no se agota en el estar bien, debiendo alcanzar el ser bueno, y serlo no sólo en el ámbito de la eficacia técnica –del hacer– sino en de la corrección ética –del ser– ámbito del ser que tiene que ver, primordialmente, con el mundo de los valores, mismos que, en lo que resulta más propiamente humano, son los valores culturales, morales y espirituales, cuya práctica da como resultado esa rica vida espiritual de la que habla Vargas Llosa, con la cual hay que contrarrestar los excesos y defectos que, en ese campo, el de la vida espiritual, puede generar el capitalismo, algo que ya había sido visto con claridad por el Adam Smith de La teoría de los sentimientos morales: el capitalismo (término que, dicho sea de paso, él no usó) basa su éxito en la ilusión de creer que la felicidad consiste en el bienestar, que depende del poseer, para lo cual hay que producir, actividad que puede absorber toda la fuerza del ser humano, lo cual es un error.

Aclarado lo anterior hay que explicar que el capitalismo no crea egoísmo, sino que parte del egoísmo, sin el cual no existiría, sobre si por capitalismo entendemos economía de mercado, y por mercado entendemos el intercambio entre oferentes y demandantes, mismo que es posible gracias al egoísmo de las partes involucradas. El comprador compra, no por hacerle un bien al vendedor, sino por hacerse un bien a sí mismo, y el vendedor vende con el fin de hacerse un bien a sí mismo, no con el objetivo de beneficiar al comprador. Cada uno participa del intercambio buscando su provecho, para lo cual, ¡y en esto consiste lo que Rigoberto Stewart llama la magia del comercio!, cada uno tiene que beneficiar, ¡tal y como sucede en todo intercambio!, al otro: al venderle la mercancía el oferente beneficia al demandante (y la mejor muestra de que lo hace es que el comprador está dispuesto a pagar por la mercancía que le ofrece el vendedor), y al comprarle el bien o servicios el demandante favorece al oferente (y la prueba irrefutable de que es así es que el vendedor recibe el pago que el comprador le hace).

Eso que Stewart llama la magia del comercio no es otra cosa más que la mano invisible de Adam Smith, a quien cito: Cuando un agente económico –por ejemplo: un comprador– actúa en el mercado “sólo piensa en su ganancia propia; pero en este como en muchos otros casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”, fin que es el que busca la contraparte –en este caso el vendedor–. En el mercado solamente se beneficia uno –por ejemplo: el vendedor– si beneficia a otro –en este caso el comprador–, siendo todo ello un juego de suma positiva, de tal manera que la actuación egoísta de las partes da como resultado un bien común, el bien de las partes que intercambian, mismas que forman, en el intercambio, una comunidad. Ahora entendemos por qué Stewart habla de la magia del comercio: porque transforma actuaciones egoístas en bien común, y no el de la Doctrina Social de la Iglesia, que tiene mucho de entelequia, sino en uno que sí es real, justo y eficaz, algo que, todos los que siguen acusando al mercado de crímenes atroces, de abusos sin perdón, de iniquidades inconfesables, no alcanzan a entender, por más que día tras día se beneficien de aquello que tan absurdamente condenan: el mercado.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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