El punto sobre la i
Ene 3, 2016
Arturo Damm

Al buen orden y concierto del alma se le da el nombre de norma y ley, por las que los hombres se hacen justos y ordenados; en eso consiste la justicia y la moderación.

Sócrates

Buen orden y concierto del alma, ¿qué significa? Empecemos por el alma, ¿qué es? Para Sócrates, en primer lugar, la razón y, por ello mismo, el principio de la acción humana, de tal manera que el buen orden y concierto del alma es igual al buen orden y concierto de la razón y, por medio de ella, de la acción humana. ¿Y qué se necesita para el orden y concierto de la acción humana? Normas y leyes. Norma: regla que debe seguir la conducta humana. Ley: precepto dictado por la autoridad, por el cual se manda o prohíbe algo conforme a la justicia. Gracias al cumplimiento de las normas y las leyes los seres humanos se vuelven justos y ordenados. Moderados, señala Sócrates. Virtuosos, sin excesos ni defectos, diría Aristóteles.

¿Por qué necesitamos normas y leyes? Porque somos libres, porque tenemos la capacidad para decidir y elegir, pudiendo decidir y elegir mal (pudiendo decidir y elegir el mal), pero debiendo decidir y elegir bien (debiendo decidir y elegir el bien), diferencia entre el bien y el mal que no todos tienen clara (comenzando, desafortunadamente, por muchos legisladores), debiendo por ello quedar claramente establecida por escrito. Pongo los tres ejemplos más importantes. No matarás (respetarás la vida del prójimo). No esclavizarás (respetarás la libertad del otro). No robarás (respetarás la propiedad de los demás). ¿De qué se trata? De los tres principios básicos de la convivencia civilizada, que una y otra vez, a lo largo de la historia, se han violado.

Necesitamos leyes porque somos libres, porque podemos decidir y elegir el mal (podemos decidir y elegir mal), pero esas leyes son producto de esa misma libertad (paradoja: la libertad limitando la libertad), por lo que bien pueden ser, como de hecho lo son en muchas ocasiones, leyes a favor del mal, y en contra del bien, leyes injustas, ante las cuales la obligación ética es la desobediencia (distinguir entre lo legal y lo justo), partiendo de las normas y las leyes que cada uno se da a sí mismo, que cada uno debe darse a sí mismo, y desde las cuales juzga las otras normas y las otras leyes, leyes que cada uno debe darse a sí mismo, que cada uno se da a sí mismo, que deben ser conforme a la justicia, es decir, conforme al respeto a los derechos de los demás.

Si la sociedad, ya sea de manera directa, ya indirectamente, se da sus propias leyes, y a ello se le llama democracia, la persona debe imponerse a sí misma sus propias normas de conducta, y a ello se le llama libertad: autodeterminación en función de la autonomía, de la condición de quien no depende de nadie más, pero autodeterminación a favor del bien: de la justicia, de la beneficencia y de la prudencia; prudencia que es la virtud por la cual cuidamos de nosotros mismos, no haciéndonos el mal y haciéndonos el bien; beneficencia por la cual le hacemos el bien a los demás; justicia por la cual no le hacemos el daño a los otros, siendo la más importante de estas tres virtudes la justicia, siendo esta la única tarea de las leyes dictadas y promulgadas por el ser humano: hacer a las personas justas, ya sea por las buenas (por la convicción de que uno debe de actuar justamente), ya sea por las malas (por el miedo al castigo en caso de que uno actúe injustamente). Claro que la persona realmente justa es la que actúa con justicia por convicción, no por miedo al castigo. La primera es justa, la segunda miedosa. La primera, además de actuar con justicia, es justa. La segunda sólo actúa con justicia sin ser realmente justa, distinción entre actuar con justicia y ser realmente justo que, estoy seguro, Sócrates hubiera aceptado.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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