LUNES, 11 DE AGOSTO DE 2008
El punto sobre la i
¿Considera usted que, en caso de logar su registro, “México Libre” es una alternativa viable para tener una oposición fuerte?
No
No sé

Arturo Damm





““En economía política, hay que mucho que aprender y poco que hacer.” ”
Jeremy Bentham

Dirán, quienes no estén de acuerdo con lo señalado por Bentham, que, tal vez, lo dicho por el filósofo inglés era válido en sus días (Bentham vivió de 1748 a 1832), pero que hoy, dos siglos y un tanto más después, no lo es. Vayamos por partes.

 

Si por economía política entendemos la ciencia económica, la primera parte de la afirmación de Bentham sigue siendo válida: hoy, como entonces, es más lo que no sabemos de las actividades económicas de los seres humanos, que lo que sabemos, si bien es cierto que hoy, a diferencia de entonces, sabemos un poco más. Pero saber un poco más no supone saberlo todo. El mismo Bentham contribuyó de manera importante al avance de la economía política, avance que encontramos en su Defence of usury, de 1787, texto en el cual rebate los argumentos de Adam Smith (sí, ¡nada menos que de Smith!) a favor de la fijación, por debajo de la del mercado, de la tasa de interés, habiendo aportado un análisis que, en la materia, obliga a hablar de antes y después de Bentham, sin olvidar todos los disparates que, durante siglos, se dijeron en torno al cobro de intereses por los préstamos. 
 
En economía política hay mucho que aprender, ¡sin duda alguna!, y, dirá la mayoría de los economistas de hoy, mucho más que hacer, con el fin de lograr los mejores resultados posibles en materia de trabajo, ahorro e inversión, intercambio y consumo, etc., afirmación que supone que lo que los economistas hagan mejorará lo que los agentes económicos – trabajadores, ahorradores e inversionistas, comerciantes y consumidores -, hacen, mejora que será posible gracias a, y sobre todo a, las políticas económicas – monetaria, fiscal, industrial, comercial, laboral, etc. -, lo cual supone el paso de la economía política a la política económica, es decir, del saber al hacer, del conocer al dirigir, del economista filósofo al economista ingeniero, paso que muchos descalabros le ha causado a la humanidad, tanto desde el punto de vista de la ética (cualquier política económica – sí: cualquiera -, supone la violación de la libertad individual y la propiedad privada), como de la economía (no hay política económica, de ningún tipo – sí: no la hay -, que dé mejores resultados que la libre interacción de los agentes económicos en el mercado).
 
Los buenos resultados económicos no son la consecuencia de las políticas económicas, sino de las instituciones económicas, es decir de las reglas del juego, del marco legal de la economía, cuya tarea va, desde garantizar la libertad individual para trabajar y emprender, ahorrar e invertir, comerciar y consumir, y la propiedad privada sobre los ingresos, el patrimonio y los medios de producción, hasta minimizar los costos de transacción. En este sentido el buen economista es más un jurista, que redacta y promulga leyes justas (siendo que en economía las leyes justas, las que garantizan la libertad individual y la propiedad privada, son también eficaces) que un ingeniero que pretende planear, conducir, coordinar y orientar la actividad económica de los particulares, todo lo cual implica violar la libertad y la propiedad.
 
No hay que confundir (confusión que padecen sobre todos quienes empiezan a estudiar economía), al economista con el agente económico, ni mucho menos hacer del gobierno el agente económico por antonomasia, y pensar que sin él, y sin sus políticas económicas, la actividad económica no marchará tal y como debe hacerlo. Cito a Robert Lucas, Premio Nobel de Economía 1995: “En vista de que nadie entiende muy a fondo cómo responde la economía, es preferible no intentar nada extravagante”, no habiendo nada más extravagante, en el ámbito de la economía, que al economista y sus políticas tratando de modificar los resultados a los que libremente llegaron los agentes económicos, extravagancia que sigue siendo la aspiración de la mayoría de los economistas.
 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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