LUNES, 21 DE AGOSTO DE 2006
La hora del Ejército

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“Es hora de que el poder del Estado nos restaure, más allá de banderías políticas, los espacios públicos. Ensuciar o impedir la fiesta del Grito y el desfile, es inadmisible.”


El desfile militar del 16 de septiembre es una de las más arraigadas tradiciones mexicanas; la ceremonia del Grito es de las más auténticamente populares. Ambas son núcleo del mes patrio, mes de los globos y las banderitas, la harina y las matracas.

 

Septiembre no es patrimonio de una facción sino fiesta de la unidad. Los festejos hermanan a un mexicano con otro en una recordación que a todos gusta en un país que, como casi ningún otro en el mundo, hace siglos asimiló en su torrente sanguíneo y cultural el fenómeno bendito del mestizaje. El único racismo es el que inventan los líderes demagógicos para desunir, fomentar la discordia y pescar poder para ellos.

 

Es hora de que el poder del Estado nos restaure, más allá de banderías políticas, los espacios públicos. Ensuciar o impedir la fiesta del Grito y el desfile, es inadmisible.

 

Además de que algún ataque a la inatacable resolución del Tribunal Electoral entrara al Código Penal (motín, sedición, insurrección, etc.), el titular del Poder Ejecutivo podrá:

 

  • Instruir a su subordinado, el secretario de Seguridad Pública del D.F., a desalojar de inmediato la Plaza de la Constitución y las calles secuestradas.

 

  • Al incurrir en desacato (pues sólo obedece a su amo), destituirlo o aceptar su renuncia.

 

  • Mientras hay sustituto, ordenar al Ejército a limpiar la Plaza y las calles para celebrar en orden y en espacios dignos el Grito y el desfile.

 

  • El desalojo sería incruento, previa advertencia perentoria a los ocupantes.

 

  • El Ejército (cuerpo probadísimo de protección civil en casos de desastre) iría desarmado y con las facilidades logísticas que tiene de sobra: herramental, transportes para llevarse desechos, pipas de agua y desinfectante, etc.

 

Es de incumbencia federal el ámbito físico del poder de la República. Todo militar sabe qué significa “tomar la Plaza”, sea simbólica o materialmente. Toca al Ejecutivo federal proteger la Plaza de Armas para que nunca vuelva a usarla nadie de dormitorio y excusado; cosa muy distinta de la vida civil y la expresión civil(izada).

 

Ya limpio ese espacio, y con el apoyo entusiasta de la población, el Ejército podrá desfilar como lo ha hecho desde toda nuestra historia independiente (salvo 1847, cuando ondeaba una bandera extranjera en Palacio Nacional); el presidente podrá celebrar convincentemente, desde el balcón central y ante un Zócalo con su dignidad restaurada, nuestra realidad como nación libre y soberana.

 

El Ejército es casi la única institución intacta. Tiene bien ganada su fama de fuerza de paz, disciplinada y leal, para provecho de la población civil.

 

El Ejército volverá, como siempre, a sus cuarteles, como hizo tras la desgraciada orden recibida en 1968; pero ese referente no ocurrirá de nuevo en un país libre y demócrata. La gente de paz -casi toda- sabrá agradecer a la fuerza armada la recuperación del orden constitucional y la permanencia de nuestras más brillantes tradiciones.


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