VIERNES, 9 DE FEBRERO DE 2007
El “calorcito” antiliberal

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Ricardo Medina







“Hay de calores a calores. Una cosa, por ejemplo, es el “calentamiento global”, nueva versión del cataclismo cósmico dizque causado por el progreso (la mejor recomendación que he oído para combatir ese demonio es bañarse con agua fría, como dicen que hace Al Gore), y otra cosa, muy distinta, es el calorcito antiliberal: esa sensación de amparo, como de vientre materno, que nos prometen si nos abandonamos confiados al cuidado de los bondadosos gobiernos.”


Ayer en este foro Roberto Salinas León se refería al desagradable sentimiento de “desamparo moral” que dicen experimentar algunos ante el énfasis dado por el liberalismo a la libertad individual y a su concomitante responsabilidad, también individual.

 

Por lo que se ve y se oye la sola mención de que por encima del Estado está la libertad de cada individuo, causa escalofríos en muchas conciencias. En contraste, esas mismas almas piadosas experimentan un tibio regocijo al pensar que el gobierno, el Estado y hasta entidades supranacionales, como las Naciones Unidas (ONU), llenas de sabiduría y bondad, están aquí para cuidarnos aún a nuestro pesar.

 

Esa arraigada afición al calorcito de la seguridad –que lisa y llanamente es miedo a la libertad y a sus consecuencias- explica el entusiasmo con que algunos proponen el resurgimiento de patrañas tales como la acción del Estado contra los acaparadores y “hambreadores del pueblo”.

 

También ayer, pero en otras páginas, otro opinante –al que caritativamente llamaré Mínimo Gorki, en memoria del escritor que devino en propagandista de las bondades del socialismo soviético- arrojaba con fruición adjetivos en contra de esos “malvados” que incurren en el “delito” de comerciar con granos, almacenarlos y obtener -¡qué barbaridad!– alguna utilidad por su trabajo de acuerdo a las “malignas” leyes de la oferta y de la demanda.

 

Máximo Gorki se envileció cantando las loas del terror implantado tanto por Lenin como más tarde por Stalin en de contra los kulaki, que no eran otros que los campesinos que osaban oponerse a la colectivización y que guardaban para su propio consumo, o para comerciar con ellos, los frutos de sus cosechas. Millones murieron de hambre en esa lucha que el Estado soviético decía llevar a cabo en contra del hambre. Al final, el objetivo se logró: Los graneros quedaron vacíos, los “acaparadores” muertos o presos en los helados campos siberianos y el hambre asoló todo el territorio soviético. Ah, el calorcito del Estado protector.

 

Mínimo Gorki, el nuestro, no va tan lejos. Sólo califica de “ruines”, “ratas”, “traidores a la patria” a los presuntos acaparadores de maíz y, ya en plena efusión calorífica, propone: “Yo no digo que debamos ahorcar a los acaparadores, pero sería formativo darles una arrastradita por el primer cuadro, unas buenas cachetadas guajoloteras, diez mil zapes estilo maestro de primaria…”.

 

El calorcito incluye un poco de faramalla –“charla artificiosa encaminada a engañar”- como ésa. Nada terrible, sólo efusiones demagógicas para darle al pueblo tortillas y circo. Calorcito.

• Liberalismo • Tortilla • Estado de bienestar

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