MARTES, 6 DE MARZO DE 2007
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“En una situación límite, como fue la de los campos de concentración en la Unión Soviética, hubo quienes murieron física y moralmente degradados y hubo quienes no sólo sobrevivieron, sino que descubrieron –en medio del sufrimiento indecible– lo mejor de la vida.”


A fines del año pasado encontré en una de esas librerías gigantescas que florecen en Estados Unidos –sin necesidad de inopinadas leyes que impongan precios únicos- un libro extraordinariamente bien escrito por Anne Applebaum acerca de una de las grandes vergüenzas de la humanidad en el siglo XX: El Gulag, el sistema carcelario de la Unión Soviética que, de una u otra forma, torturó a millones de personas y mató a cientos de miles más.

 

Applebaum investigó exhaustivamente y escribió un extenso libro, más de 580 páginas sin contar los apéndices, en el que cada capítulo examina con detalle un aspecto en particular de los que conformaron esa terrible experiencia: la detención, los carceleros, las mujeres y los niños, el transporte a los campos, la demografía, el trabajo, las metas de producción, el gran terror, la agonía y muerte de prisioneros desechos, las estrategias de supervivencia…

 

Justo al describir las estrategias de supervivencia, Applebaum se detiene, al final del capítulo, en lo que llama “virtudes ordinarias” que en los campos de reclusión y trabajos forzados fueron virtudes grandiosas y extraordinarias: la amistad, el respeto a los otros, el autorespeto, la plegaria, el arte, la contemplación, la disciplina auto impuesta para no perder la razón y la vida, el servicio a los demás…

 

La víspera de la Navidad de 1940, el prisionero polaco Kazimierz Zarod asiste con otros a una misa celebrada en secreto: “Sin el beneficio de una Biblia o de un libro de oraciones, el sacerdote empezó a recitar las palabras de la Misa, el latín conocido, hablado en murmullos casi inaudibles a los que contestábamos también suavemente, como en suspiros…’Kyrie eleison, Christe eleison  - Señor, ten piedad de nosotros. Cristo ten piedad de nosotros. Gloria in excelsis Deo…’

 

“Las palabras nos limpiaban y la atmósfera de la barraca, usualmente brutal y tosca, cambiaba imperceptiblemente, los rostros se volvían hacia el sacerdote y se suavizaban y relajaban al escuchar el murmullo apenas discernible.

 

“‘Todo despejado’, decía la voz de un hombre que vigilaba sentado frente a la ventana”.


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