JUEVES, 8 DE MARZO DE 2007
Aburrición cambiaria

¿Usted cree que la economía mexicana entrará en recesión en los próximos meses?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Roberto Salinas







“Puede darse que por temor político, cautela, o formalismo, por creerse la mentira de que la política es el arte de lo posible, las reformas presentadas acaben siendo “reformitas,” parchecitos que frustren el cambio estructural que se requiere en materias como la fiscal o la energética.”


El tipo de cambio ya no es fuente de esquizofrenia cambiaria, de los traumas que vivían los agentes económicos en su proyecto de vida. Esto es, en importante medida, el resultado de la cultura de estabilidad que se ha venido afianzando en los últimos años.

 

Así, a pesar de los altibajos, a pesar de la derrama bursátil de la semana pasada, el tipo de cambio sigue en las mismas—ahora, un poco arriba de la barrera de los 11 pesos, antes un poco debajo de la misma, pero en el fondo, sin variaciones abruptas, ni mucho menos traumáticas. El tema, de alguna forma, se ha vuelto aburrido.

 

Ojalá siga así. En la medida que la autoridad financiera no ha metido “mano” en el entono cambiario, en esa misma medida se ha logrado una estabilidad relativa de la unidad de cuenta—aunque, paradójicamente, la paridad fluctúa diario, a veces para arriba, y otras veces para abajo. Así visto, un referente importante es el siguiente: a mayor aburrición en el tema cambiario, mayor el éxito de la cultura de estabilidad combinada con el sistema de flotación. Sin duda, hay quienes dicen que la paridad está sobrevaluada, mientras que hay otros que insisten en las bondades de una unión monetaria regional. Pero estos debates son entre especialistas, un puñado de presuntos iluminados. No es tema cotidiano.

 

Por otro lado, la amortización de obligaciones externas ha sido positivo: si deuda pública está denominada en moneda local, y hay variaciones imprevistas, no se genera el efecto de crisis que antes teníamos.

 

El tipo de cambio ha experimentado varios episodios de ajuste, para arriba y para abajo. Números más, números menos. Ahora, las predicciones, siempre dependientes de si todo permanece igual, varían entre 10.90 a 11.40—o sea, en el rango mental de 11 pesos por dólar. Podríamos ver ajustes de una forma u otra. Pero si la política económica logra enfocarse en el nuevo gran problema, el cual es afianzar las bases para un aumento secular de la productividad, probablemente haya un episodio de flujos de capital positivo—lo cual redundaría en una apreciación del tipo de cambio.

 

Por ello, el tema cambiario se ha vuelto secundario. El ancla no es un sistema fijo, sino la expectativa que la estabilidad de mañana permanecerá relativamente igual que la que disfrutamos hoy. Esa expectativa puede cambiar, sin duda, pero sólo debido a errores y omisiones en la política económica, por ejemplo, un nuevo caso de déficit fiscal alto.

 

Empero, puede darse otra variable—que por temor político, cautela, o formalismo, por creerse la mentira de que la política es el arte de lo posible, las reformas presentadas acaben siendo “reformitas,” parchecitos que frustren el cambio estructural que se requiere en materias como la fiscal o la energética.

 

Ello implicaría un revés al clima de inversión, lo cual, naturalmente, tendería a reflejarse en el tipo de cambio—un espejo, ahora aburrido, pero a fin de cuentas espejo de lo que sucede (o no) en nuestro país.

• Reformas estructurales

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