Nostalgia del porvenir
Abr 10, 2007
Fernando Amerlinck

Del bronce al lodo (5): Más hinojos y genuflexiones

Con tan heroicos y beneméritos políticos, el que México mantenga hoy el mismo territorio que luego del Tratado de la Mesilla (Santa Anna, 1853), es un milagro

Benito Juárez tuvo un representante en Estados Unidos. Se llamó Matías Romero y se le honra como héroe (no allá sino en México). Dice Catón en su Juárez y Maximiliano. La roca y el ensueño sobre este “prohombre”:

 

“Romero pidió al general Grant la creación de un cuerpo de ejército formado por 100,000 soldados norteamericanos que invadirían México y sacarían a Maximiliano del país. Como corolario de esas pláticas se firmó un convenio llamado Romero-Schonfield, por el cual se haría un reclutamiento de 40 mil soldados para cumplir aquél propósito.”

 

Matías Romero había propuesto en 1864 vender a Estados Unidos la península de Baja California y una parte de Sonora, a cambio de que no reconocieran a Maximiliano. Lo narra Armando Ayala Anguiano (Contenido, Juárez de carne y hueso, vol. III), quien dice además que Lincoln no ambicionaba más tierras mexicanas, pues “había visto que la absorción de los territorios arrancados a México tras la guerra de 1847 fue causante de una rebatiña que figuró entre los detonantes de la Guerra de Secesión” y “se conformaría con apoderarse de alguna ciudad suriana importante”.

 

El secretario de Estado, William Seward, temía que invadieran territorio del norte “masas ignorantes y las purulentas facciones políticas de México” además de las de negros liberados del sur. Bastaría tener en México “un gobierno complaciente” para explotar sus minas y recursos naturales, pero liberando a Estados Unidos de la carga de gobernarnos.

 

Presidió ese complaciente gobierno uno que hoy llamarían “Mister Amigo”: Benito Juárez, dignamente representado por Matías Romero. Una carta de éste (1864) decía:

 

“Si nosotros, pues, hemos de tener que recurrir alguna vez a Estados Unidos para que nos ayude a arrojar a los franceses, o si a nuestro pesar este país ha de tener que intervenir en nuestros asuntos, o si en ambos casos hay un peligro grave de que perdamos una porción de nuestro territorio, parece que la política más sabia y patriótica (!!!) sería la que tratara de reducir la pérdida a la menor porción posible…”

 

“Una vez concentradas las fuerzas francesas en una pequeña porción de nuestro país de fácil acceso por mar, en donde hubiera una fuerza francesa suficiente para guarnecer a las posiciones miliares construidas para defenderla, parecería que nosotros con nuestros propios esfuerzos no podríamos desalojarlos de allí a lo menos por mucho tiempo, y en este caso deberíamos considerar a la referida porción como perdida. Si tal cosa llegara a suceder, ¿no sería más conveniente a los intereses de nuestra querida patria que esa pérdida nos fuera de algún modo provechosa y que nos evitara otras mayores? El modo de conseguir este resultado sería, a mi juicio, celebrar un arreglo con los Estados Unidos, es virtud del cual nosotros nos comprometeríamos a cederles una parte o todo el territorio de México que Maximiliano diera a Francia.”

 

Para empezar, jamás Maximiliano negoció parte alguna del territorio; y para terminar, bien sabía Romero cómo había negociado bienes raíces nacionales el mismísimo Juárez: en 1861 ofreció derechos mineros de Baja California, Chihuahua, Sonora y Sinaloa en 5 millones de dólares, con garantía hipotecaria de cesión definitiva de esos estados si México no pudiese pagar en seis años. Igual que dos años antes con el Tratado McLane-Ocampo, el senado de Estados Unidos se negó a algo así. ¡Nos salvaron ellos!

 

Conclusión: con tan heroicos y beneméritos políticos, el que México mantenga hoy el mismo territorio que luego del Tratado de la Mesilla (Santa Anna, 1853), es un milagro.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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