Sólo para sus ojos
Abr 30, 2007
Juan Pablo Roiz

Retrato de la Reforma que viene

Vistas así las cosas lo que ya se vislumbra de la propuesta que pondrá sobre la mesa Calderón, por intermedio de Carstens, no suena tan mal.

La foto lo dice todo. Es del viernes pasado cuando el Secretario de Hacienda, Agustín Carstens, fue a preparar el terreno con los diputados para la reforma que viene, la fiscal. A su derecha –sí, leyó usted bien, a su derecha- estaba Javier González Garza del PRD, y a su izquierda Emilio Gamboa Patrón, del PRI. ¿Qué estaba pensando Carstens, para su propio consumo, en lo más íntimo, al verse en tan agradable compañía? Yo imagino que se decía: “Ni modo, Agustín, con estos bueyes hay que arar”.

 

Pues así, con esos bueyes –dicho sea con perdón de los nobles brutos- habrá que hacer una Reforma Fiscal. Que nadie espere grandes cosas.

 

Por lo pronto, habrá de llamarse “reforma hacendaria”. Esto del nombrecito es la primera de las complacencias a la ignorancia de las galerías priístas, panistas y perredistas. Como a los señores lo de fiscal les parece que suena a impuestos, prefieren echar mano de ese adjetivo inopinado que, les parece, suena a paquete completo, todo incluido: gasto, rendición de cuentas, federalismo, recaudación, combate a la evasión y lo que usted guste y mande. Sea por Dios y por sacar la reforma, que se llame hacendaria que, ya se sabe, “México es diferente”.

 

Tan diferente es México que ni hablar de hacer las cosas bien y a la primera. La lógica más elemental indica que la reforma fiscal debiera empezar por emparejar la tasa del IVA y bajar la tasa del ISR, tendiendo al menos hacia la tasa única. Pero no. Del IVA ni hablar, compañeros. Que meterse con la tasa cero del IVA a los alimentos y las medicinas es como meterse con las mamacitas venerables de los señores políticos del PRI. Ya vieron que Vicente Fox, ese nuevo villano favorito, se empeñó –necio que es el guanajuatense- en lo del IVA y ya vieron que por ahí los bueyes no sólo se niegan a caminar, sino que se echan al suelo, se amotinan y hasta se encabritan. Y con bueyes encabritados no hay manera de arar, ni de hacer reformas fiscales que valgan.

 

Sea, por Dios y por la reforma, que no se tocará el dichoso IVA y que los riquillos, como el tal Medina que escribe por estos rumbos, lo sigan aprovechando para sus festines de cortes argentinos de carne (ver artículo de Ricardo Medina Macías aquí) mientras los políticos se llenan la boca de amor a los pobres. Sea.

 

¿Qué hacer entonces? Pues buscarle por otro lado porque México es diferente. Usted sabe, la idiosincrasia, las raíces nacionales, las necesidades más sentidas, los agravios inolvidables y usted no se meta ni con la tasa cero del IVA, ni con mi viejecita de blancos cabellos que eso sí no se lo permito.

 

Y vuelvo a lo de la foto e insisto en que lo dice todo: Hay que hacer la reforma con el Congreso y esos señores son el Congreso. Con esos señores y con esas señoras ¿qué reforma se puede hacer?

 

Pues, la menos mala.

 

Vistas así las cosas lo que ya se vislumbra de la propuesta que pondrá sobre la mesa Calderón, por intermedio de Carstens, no suena tan mal.

 

Primero: No se trata de recaudar por recaudar. Toda reforma fiscal en cualquier lugar del mundo busca recaudar, pero no a cualquier costo y, sobre todo, no sin ver el panorama completo. De eso les habló Carstens a los diputados el viernes según se desprende de las notas periodísticas: De los ingresos, pero también de los gastos. No podemos –dijo- pedir más recursos a la sociedad sin darle garantías de que se van a gastar bien, con total transparencia, en lo que deben gastarse. Con eficacia.

 

Por eso la reforma que propondrá el gobierno de Calderón incluye como parte esencial poner en blanco y negro la evaluación del gasto público en términos de eficiencia, eficacia y productividad. No será fácil, pero la propuesta va por el camino correcto.

 

Otro punto relevante de la reforma fiscal que viene, y que NO es estrictamente tributario, se refiere al federalismo fiscal. Urge rediseñar, con criterios de rendición de cuentas y de responsabilidad política de los funcionarios locales ante sus electores, el reparto de recursos federales y las atribuciones de estados y municipios en materia fiscal. Es una vergüenza que en gran parte del país las autoridades locales mantengan en total desatención el cobro de los impuestos prediales y tengan registros públicos de la propiedad menos ordenados y confiables que las cuentas de un abarrotero de pueblo. La corrupción impera en muchos de esos registros y la falta de respeto a los derechos de propietarios legítimos de bienes raíces en algunos municipios, y en estados enteros, es de estándares africanos (para ser benévolos con los adjetivos).

 

Además, para los gobernadores ha resultado mucho más rentable y menos riesgoso políticamente volverse limosneros –con garrote- de los recursos federales, en lugar de hacer uso de las atribuciones tributarias que les concede la ley y asumir los costos políticos, ante sus electores, de imponer gravámenes locales.

 

Un ejemplo: El municipio de Benito Juárez (Cancún) en Quintana Roo sólo por el concepto de dos impuestos locales –predial y de ocupación hotelera- debe ser uno de los más ricos del mundo, pero recuérdese que el anterior presidente municipal fue encarcelado por corrupción y dejó deudas ocultas por todos lados a su sucesor. Claro, es más fácil andar llorando por recursos federales y aventarle el balón al gobierno federal que dar buenas cuentas de los recursos locales. Algo tendrá que hacerse, en la reforma que viene, para meter en cintura a estos bribones de la política local y a los partidos políticos que los patrocinan.

 

Por el lado de los impuestos bien haría el gobierno federal en proponer una auténtica simplificación e incentivos al trabajo, al empleo y a la productividad. Transitar hacia una sola tasa, eliminar el cúmulo de deducciones para las empresas y transparentar el subsidio para los asalariados de menores ingresos (lo que garantiza la famosa progresividad que tanto preocupa a ciertos economistas), es imperativo. Obvio, la tasa única debe ser baja y el impuesto sobre la renta no debe contener incentivos perversos que desalienten la productividad y la generación de empleos.

 

Sin duda, algunas de las características mencionadas deberá tener la reforma fiscal que viene. No se puede hacer mucho más cuando se ha erigido una muralla infranqueable –otro tabú de la idiosincrasia que nos inventan a los mexicanos- en el asunto de las tasas unificadas del IVA.

 

Si se logra, será una buena reforma y sería mezquino que los “expertos” le escatimasen el reconocimiento al gobierno de Calderón. Recuérdese: Con esos bueyes, no con los de Irlanda o Chile o Nueva Zelanda, hay que arar. Basta ver la foto.



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