Nostalgia del porvenir
May 11, 2007
Fernando Amerlinck

Del bronce al lodo (10). México es monárquico

México no está listo hoy para la democracia, pero acaso sí para la monarquía, mucho más natural para una sociedad acostumbrada a los regímenes autoritarios y a la tutela de un estado al cual se enchufa por el ombligo para que le reparta queso, o para que lo ponga donde hay.

La nación mexicana siempre fue monárquica, autárquica, absolutista, dictatorial o caudillesca: autoritaria. Los aztecas que nicieron una ciudad teocrática en 1325 (¡sobre un lago! la inteligencia y el sentido práctico no eran su fuerte) no eran demócratas.

 

A partir de 1521 se superimpuso a ese régimen (y a esa ciudad lacustre, y a sus pirámides, y a sus centros ceremoniales) una ciudad teocrática con sus templos, palacios y torres, bajo la égida del emperador Carlos I (o V) de Habsburgo. Él y sus sucesores operaron acá con virreyes durante 300 años. Gobernó a la Nueva España un régimen autoritario por partida doble: la Corona, y la Iglesia.

 

Lo más lógico, al consumar Iturbide nuestra independencia en 1821, era continuar con la monarquía, en la persona de Agustín I. Ah, pero como México ya era “independiente”, empezó a depender de una potencia que no era española sino estadounidense. El primer agente de esa duradera labor se llamó Joel Poinsett.

 

Antonio López de Santa Anna infligió contra Iturbide una de sus muchas traiciones porque le sonaba bien una palabreja —república—que nunca había oído. La flamante nación republicana “independiente” cayó en todo tipo de motines y golpes de estado (el primero a manos de Vicente Guerrero); fusiló al “traidor” Iturbide, y a quince años de “independencia”, Estados Unidos nos arrebató la parte nororiental (Tejas). Ante tales penurias, un avezado observador campechano llamado José María Gutiérrez Estrada, viajado y culto, planteó en 1840 una inteligente pregunta: ¿no convendría a México cambiar la república por la monarquía constitucional? Lo cita Armando Fuentes Aguirre:

 

“Que la nación examine si la forma monárquica no sería más acomodada a las tradiciones, a las necesidades y a los intereses de un pueblo que desde su fundación fue gobernado monárquicamente… Si no variamos de conducta, quizá no pasarán veinte años sin que veamos tremolar la bandera de las barras y las estrellas en el Palacio Nacional”.

 

Don José María no tuvo que esperar tanto; para que allí izaran esa bandera bastaron siete años, pero no la vio en vivo y a color porque su país no soportó la afrenta. Desterró a quien se atrevió a proferir tal abominación. Éramos bien republicanos. Bien democráticos. Harto soberanos, estilo Bartlett. Tanto, que en 1848 Su Alteza Serenísima (republicana alteza, but of course) vendió a Estados Unidos la parte noroccidental del país (hoy California, Nevada, Arizona, Utah, y partes de Nuevo México, Colorado y Wyoming).

 

Siguieron caudillos (Santa Anna el mayor de todos), dictadores (Juárez, Díaz), y un emperador; el único demócrata fue Maximiliano, pues era ésa su convicción. Los demás eran hombres de poder que lo ejercieron autocráticamente.

 

Hace años Guillermo Fárber me planteó una interesantísima idea. ¿Qué habría pasado con Maximiliano como jefe del estado, y Benito Juárez jefe del gobierno, bajo un régimen de monarquía constitucional?

 

Habría habido una sucesión dinástica; Maximiliano (que no tuvo hijos) pensó en los descendientes de Agustín I, cuya línea de sangre aún seguía ininterumpida. Eso habría resuelto la continuidad histórica. Y como jefe de gobierno (primer ministro al estilo inglés, o presidente al estilo español) habría quedado uno que rindiera cuentas al Congreso y jurara respetar la Constitución (como también el rey, o emperador). Me pareció una propuesta francamente atractiva, pero inviable (Estados Unidos jamás lo habría permitido a una nación “independiente” como México).

 

México no es demócrata; soportó a fines del XIX y al alborear el XX una nueva dictadura (eficaz y honrada, pero dictadura); derrumbó al demócrata Madero, siguió bañándose en sangre revolucionaria y cristera, y soportó siete décadas de dictadura perfecta bajo presidentes-emperadores.

 

En 2000 se alteró ese régimen subimperial, pero como farsa: en la persona salvífica de un caudillo al que el pueblo-niño-súbdito le gritó instintivamente “no nos falles”. Y tras de que falló e hizo befa de la otrora imperial institución, en 2006 estuvimos a un pelo de rana de elegir otro caudillo, ahora populista, mesiánico, demagogo y promotor del odio.

 

Falta mucho camino, sobre todo en educación política. México no estaba listo para la independencia en 1810 ni 1821. No está listo hoy para la democracia, pero acaso sí para la monarquía, mucho más natural para una sociedad acostumbrada a los regímenes autoritarios y a la tutela de un estado al cual se enchufa por el ombligo para que le reparta queso, o para que lo ponga donde hay.

 

Esta propuesta es tan útil, viable y relevante como mi queja de que Estados Unidos se haga llamar “América”. Pero bien se sabe que el papel aguanta todo.



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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