VIERNES, 22 DE JUNIO DE 2007
¿Cómo hacer una reforma fiscal sin costos?

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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Entre 0% y 1%
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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“En materia tributaria todos queremos que nos den pero que le cobren al de junto. Si se trata de complacer a todos, la única reforma fiscal posible es resucitar a José López Portillo y elevar el endeudamiento público hasta el 40 por ciento del Producto Interno Bruto para sufragar, por el momento, el gasto gubernamental.”


Después de escuchar los vetos de cada grupo, el Secretario de Hacienda concluyó que si les hacía caso a todos, la reforma fiscal sería un conjunto vacío.

 

El Secretario de Hacienda se lo explicó gráficamente al locutor de radio del Grupo Imagen que lo entrevistaba y que insistía en descalificar la propuesta de reforma fiscal que el día anterior se había enviado al Congreso:

 

“Mira, hemos hablado con toda la sociedad sobre este tema y lo que siempre me pasa, me pasaba en los últimos meses, es que me decían: <Señor Secretario, nosotros estamos con usted en la Reforma Fiscal, siempre y cuando…>, y ahí me aventaban un veto. Si sumo todos los vetos que los diferentes sectores de la sociedad imponen, pues nos quedamos con un conjunto vacío.”

 

La atinada respuesta de Agustín Carstens me gustó por dos razones: 1. Explica con claridad que no hay reforma fiscal que valga la pena sin costos para alguien o para algunos y 2. Fue, sospecho, una manera elegante de avisarle al dueño de ese grupo –Olegario Vázquez Raña- que entendía su molestia y hasta la burda campaña en contra de la propuesta de reforma montada por sus estaciones de radio, su periódico y su incipiente canal de televisión; pero ni modo, don Olegario, su veto no prosperó.

 

En materia tributaria todos queremos que nos den pero que le cobren al de junto. Si se trata de complacer a todos, la única reforma fiscal posible es resucitar a José López Portillo y elevar el endeudamiento público hasta el 40 por ciento del Producto Interno Bruto para sufragar, por el momento, el gasto gubernamental. Después, en cuestión de días en este mundo globalizado, vendrá la debacle…, pero acaso por algún tiempo todos tendrían la ilusión de que –pese a la famosa advertencia de Milton Friedman- sí hay comidas gratis…

 

Para mí que las airadas reacciones de unos cuantos negociantes de las grandes ligas en contra de esta propuesta, y en contra específicamente del ya famoso impuesto de control y mínimo Contribución Empresarial a Tasa Única (CETU), debe llenar de gusto a la Secretaría de Hacienda: Le atinaron, sí había –también del lado del Impuesto Sobre la Renta- mucha tela de dónde cortar… Ojalá ahora el Congreso no se doblegue ante las presiones y esos cuantos grandes negociantes empiecen a pagar bien, lo que les corresponde, y dejemos de ver grandes corporaciones que, al final del día, pagan porcentajes irrisorios de ISR (menos del 8 por ciento, por ejemplo) respecto de sus utilidades netas.

 

Al igual que la base gravable del IVA, la del ISR en México se ha erosionado severamente. Y para algunas de estas corporaciones los hoyos de la base gravable –deducciones, tratos preferenciales, mecanismos de simulación y demás- han sido verdaderas minas de oro.

 

Pongo sólo un ejemplo: La facilidad para deducir fiscalmente las deudas explica porqué el deporte favorito de alguno de estos grandes magnates mexicanos ha sido comprar empresas al borde de la quiebra, endeudadas hasta el cuello, dizque para rescatarlas. En realidad, es una manera astuta de hacerse de activos valiosos a precio de ganga, al tiempo que se usa la deuda para decirle al fisco: “Ni modo, no te puedo pagar impuestos porque los intereses se comen las utilidades”. Y a los acreedores, tenedores de bonos de la deuda, se les arrincona para que acepten gigantescas quitas o, mejor aún, para re-documentar la deuda a diez o a quince años, “para cuando logremos poner a flote la empresa; es eso o nada”.

 

La mala noticia: Con el CETU el pago de intereses de deudas no es deducible ni se puede recurrir a la consolidación, para compensar resultados fiscales entre distintas empresas individuales de un grupo. Así las cosas, lo más probable es que a dichas corporaciones les resulte al final del día que con un impuesto de base amplia, como el CETU, a una tasa de 16% o a 19%, tengan que pagar más que con un ISR a una tasa de 28%, pero cuya base gravable está llena de agujeros. De ahí el enojo.

 

Que la reforma fiscal podría haberse ido –con iguales efectos en la recaudación- por el lado de quitarle los inmensos agujeros a la base gravable del IVA. ¡Sin duda! Y tarde o temprano sucederá…

 

Pero como ha dicho el propio Carstens: La propuesta actual tiene sus propios méritos tributarios ya que también –tarde o temprano- tendríamos que haberle entrado al asunto de por qué algunas grandes empresas en México pagan impuestos con tasas netas implícitas de menos de cinco por ciento respecto de las auténticas utilidades… mientras que, por ejemplo, sus propios empleados de cierto nivel pagan –quieran o no- el 28% sobre sus ingresos y prácticamente sin opciones para deducir.

• Reforma fiscal

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