Desde el sur libertario
Nov 30, 2005
David Martínez-Amador

El imbecilismo político mexicano

El futuro de México no está en continuar siendo un país estable, sino un país de crecimiento sostenido con un gobierno pequeño y efectivo.

Persiste en América Latina una tradición caudillista, enamorada de los carismas de ocasión, inclinada a las dicotomías nacionalistas, que espera un personaje que inyecte nueva vida y la reproduzca frente a los enemigos supuestos y reales. Basta con echar un somero vistazo a la trayectoria del "comandante" Hugo Chávez para percatarse de qué modo esas tendencias se encarnan en un tipo humano que reúne en su personalidad los atributos de las armas, del lenguaje inflamado y del dinero que fluye a las arcas públicas. No hay, en efecto, populismo posible sin dinero a repartir. Esta por cierto, es la gran lección que la clase política mexicana no termina de entender.

 

Para que semejante operación llegue a puerto son necesarias la memoria cercana del derrumbe de los partidos tradicionales, de sus corruptelas e incoherencias, y la adhesión que ofrece una masa de electores desamparada y huérfana de liderazgos. Aquí es donde convergen las fracturas del vínculo social y del vínculo político. Sin esa explosiva coincidencia no habría, en rigor, crisis de representación. El populismo pretende soldar esa fractura creando, paradójicamente, una nueva polarización: a favor del populismo o, en contra del beneficio de los menos desposeídos. Las opciones se reducen de esta manera a un enfrentamiento personal. El eje del debate belicoso no lo conforman entonces programas y plataformas sino una sensibilidad política que en nada, beneficia la cultura política de nuestro país.

 

Gane quien gane, el tema de las reformas de segunda generación seguirá siendo primordial, si no lo es durante la campaña lo será, durante los primeros tres años de gobierno si es que, se pretende mantener la estabilidad que hemos alcanzado. Porque el futuro de México no está en continuar siendo un país estable, sino, un país de crecimiento sostenido con un gobierno pequeño y efectivo. No tardará la clase política mexicana en enamorarse de un nuevo slogan político: Las recetas no ortodoxas. Y entonces sí, seremos un laboratorio de tragedias, porque si ahora mismo no se ve ninguna propuesta inteligente, muchos menos las habrán cuando la campaña realmente inicie, lo que tendremos es todo un manual de operaciones equivocado. Y habremos perdido, la oportunidad de salir de la mediocridad.



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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