MIÉRCOLES, 17 DE OCTUBRE DE 2007
El “modelo” es el mercado

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“¿Cuál es la manera más eficiente de asignar los recursos escasos cuando no existe un mercado libre y competitivo que se encargue de ello?, ¿por ejemplo: en la dotación de ciertos bienes públicos? Imitando al mercado, diseñando mecanismos que sean lo más similares a los del mercado libre.”


Se otorgó el premio Nóbel de Economía de 2007 a tres economistas que sentaron las bases de la teoría del diseño de mecanismos que permiten una mejor asignación de recursos ahí donde, por diversas razones, no existe un mercado libre con vendedores y compradores bien informados. Un ejemplo típico sería: Cómo determinar el precio óptimo de un bien público que ofrece un monopolio del Estado.

 

En realidad, quien habló por primera vez del diseño de mecanismos fue Leonid Hurwicz en 1960, quien definió un “mecanismo” como un sistema de comunicación en el cual los participantes se envían mensajes unos a otros y/o a un “centro de mensajes” y en donde conforme a una regla preestablecida se obtiene un resultado –una asignación de bienes y servicios– para cada grupo de mensajes recibidos. Más tarde, el propio Hurwicz y los economistas Eric Maskin y Roger Myerson perfeccionaron la teoría añadiendo otro elemento clave al de la información compartida: la compatibilidad del mecanismo con los incentivos que mueven a los participantes (el propio interés de cada cual).

 

Independientemente de su importancia no sólo para la economía sino para la ciencia política, y de que ha permitido un desarrollo avanzado de la teoría de juegos, uno de los aspectos más fascinantes de esta teoría es que confirma lo que ya en 1945 había señalado F. A. Hayek: Los mercados son el mecanismo más eficiente para que la información privada de cada participante se difunda. Dicha información está expresada en los precios.

 

Si partimos de esta realidad sería interesante que en la asignación de recursos públicos que se hace, por ejemplo, en los presupuestos de egresos se introdujesen más mecanismos que imiten a los mercados libres y que reconozcan los incentivos que mueven a los participantes en dichos mercados. Esto le daría mayor eficacia al gasto público y nos alejaría de la romántica y falsa retórica de que los funcionarios públicos y los políticos no actúan como seres humanos en busca de su interés, sino como ángeles llenos de altruismo.

• Cultura económica

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