MARTES, 22 DE ABRIL DE 2008
Los líderes de la mentalidad anti-desarrollo

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El punto sobre la i
“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“Los valores de la sociedad capitalista, liberal y tolerante de las diferencias son los que han permitido construir sociedades económicamente desarrolladas. Pero el Capitalismo es más que un sistema económico, es una cultura basada en virtudes humanas y el desenvolvimiento de la libertad y creatividad.”


En sus orígenes, la palabra Capitalismo (Kapitalismus en alemán, el concepto de Capital: vinculada a la “ciencia del dinero” proviene de éste idioma, mientras Capital: relacionado a una pena o falta, del latín) tendrá la connotación de un “concepto-enemigo” no sólo para quienes se declararan en el siglo XIX defensores del socialismo, sino que además para sectores ultra conservadores y reaccionarios que lo ocuparan con un claro sentido antisemita. Es así que nacerá como un “concepto-a combatir” ya sea por ser enemigo de los intereses de la Nación o de la integridad del pueblo.

 

Hoy en día, el término sigue estando bajo ataque y constante crítica, la cual se ve favorecida por dos formas de populismo: una de corte “socialista no-renovada” y otra “nacionalista-popular”: el Capitalismo como sinónimo de lo opuesto a los intereses del pueblo, el sistema de la explotación, la generación de inequidad, además de disolvente de los intereses y valores de la Nación. Y desde la perspectiva de una latitud no occidental, la canción es la misma: El Occidente capitalista, secular, es pecador por construir modelos de sociedad que promueven el consumo, el placer, el pecado y el libertinaje. Por un lado, la religión todopoderosa del Estado, y por la otra, la intolerancia del islamismo. Los valores de la sociedad capitalista, liberal y tolerante de las diferencias son los que han permitido construir sociedades económicamente desarrolladas. La sociedad del comercio requiere no sólo de reglas claras y sistemas económicos abiertos, sino de agentes que generen confianza en sus acciones, tolerancia a lo que es tolerable y un sentido común de lo que no puede permitirse: Irán niega el Holocausto y amenaza con borrar a un Estado reconocido por la ONU del mapa, nadie se inmuta, Chávez llama a los terroristas de las FARC héroes y ejércitos de liberación, los estudiantes mexicanos muertos en el ataque a las FARC ahora resulta que eran agentes humanitarios pero no terroristas (qué carajos estaban haciendo allá sin conocimiento del gobierno colombiano), la falacia del petróleo propiedad de todos se agota y el país no encuentra cómo capitalizarse, y López Obrador, ejemplo de tolerancia, civismo, respeto al prójimo y buen uso de los recursos públicos, nos advierte de la corrupción y ambición del sector extranjero que se quiere llevar nuestro petróleo.

 

No hay duda, el mundo está de cabeza y hemos creado una cultura políticamente correcta que no se atreve a llamar las cosas como son. Desde Troeltsch, pasando por Weber, Parsons hasta McCloskey y Benjamín Friedman, se ha apuntado a que el Capitalismo es más que un sistema económico, es una cultura basada en virtudes humanas y el desenvolvimiento de la libertad y creatividad. Por eso, si queremos para nuestro continente que ocurra aquello a lo que aspiraba Borges: “un mínimo de Estado, un máximo de individuo”, necesitamos crear las condiciones institucionales y valóricas para que esto sea posible. Y eso significa tener el valor de llamar a las cosas por su nombre, como son, y en términos de política, actuar con convicciones, por no decir, con cojones.

 

Lástima que Alvaro Uribe no es presidente de México.

• Liberalismo

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