Nostalgia del porvenir
May 8, 2008
Fernando Amerlinck

De burros, ricos y purpurados

México es un país repleto de millonarios improductivos. Ojalá la Santa Iglesia aprendie-ra, y enseñara a los mexicanos a trabajar, crear dinero y hacer empresa. México sería no sólo menos pobre sino más cristiano.

El cardenal Juan Sandoval carece clamorosamente de la virtud teologal de la prudencia, si uno de los hábitos del prudente es saber aprovechar las muchísimas oportunidades que da la vida para ejercer un difícil arte: quedarse callado.

 

Infinitas ocasiones tiene para equivocarse quien aprovecha cuanto micrófono le ponen enfrente, sobre todo si exhibe como bocado de cardenal una rocambolesca ignorancia:

 

“…los que se llenan los bolsillos de dinero, millones, millones y millones, de paso empobrecen a todo mundo. No hay rico que sea honrado. El rico es ladrón o hijo de ladrón... si trabajando se hiciera uno más rico, los burros serían los ricos. Trabajando nadie se hace rico, si eso sucede es porque hubo explotación, algún engaño, ganar poco y hacer trabajar mucho, en fin, muchas cosas para hacerse uno rico. San Agustín dijo, aquel gran padre de la Iglesia dijo: el rico es ladrón o hijo de ladrones.”

 

San Agustín (354-430) no vio ni pudo haber visto algo que empezó a ocurrir sistemáticamente 14 siglos después, especialmente en Inglaterra con la revolución industrial: la riqueza se crea y la riqueza crece (el más célebre observador de ese fenómeno fue un moralista escocés de nombre Adam Smith) cosa que beneficia inmensamente a los más pobres, aunque algunos ricos se hagan riquísimos. Pero en el siglo XXI alguien sigue suponiendo que la suma es cero: lo que alguien tiene se lo quitó a otro, y lo cristiano es redistribuir algo que no crece. Grave es que un príncipe de la Iglesia —que no es pobre, no le falta nada, y tampoco parece ser humilde— haya leído pero no entendido textos, por ejemplo, como este (Mateo 25, 14-30):

 

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado. Su señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor… Llegándose también el que había recibido un talento dijo: Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo. Mas su señor le respondió: Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas exteriores. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.”

 

El mismísimo Jesucristo enseña (cosa que el platónico, maniqueo, preinquisidor, pesimista y por demás ignorante San Agustín no entendió) que la riqueza sí puede crecer. Pero Sandoval generaliza con “todos” los ricos (rateros), y los periodistas “no saben nada de nada”. Conocerá a todos los periodistas y a todos los ricos. Y debe conocer a todos los burros, también.

 

Vaya desgracia destructiva y empobrecedora: en un país de pobres, la riquísima Iglesia critica implacablemente a quien sabe crear riqueza—el empresario— y propicia vergüenza a sus feligreses virtuosos con la noción de que el dinero es malo. El buen cristiano que cree eso a sus prelados se siente pecador si crea más riqueza; y el que gana brutalmente es el inmoral que la expolia: el líder sindical, el político, el narcotraficante, el delincuente.

 

México es un país repleto de millonarios improductivos. Ojalá la Santa Iglesia aprendiera, y enseñara a los mexicanos a trabajar, crear dinero y hacer empresa. México sería no sólo menos pobre sino más cristiano.

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