Nostalgia del porvenir
Ago 5, 2008
Fernando Amerlinck

Con los topes hemos topado

Los topes son, como los baches, un importante factor que incide en la competitividad de la ciudad de México.

Los topes son, como los baches, un importante factor que incide en la competitividad de la ciudad de México. En mi entrega anterior elogié los incomprendidos baches y sus poco conocidos beneficios, e introduje allí el tema al de hoy: los topes son baches al revés.

 

Hablaba de la novedosa invención del bache prominente, el bache sobresaliente, el bache libre de prejuicios y complejos: ese bache enhiesto que brota espontánea y orgullosamente sobre un pavimento cuya delgadísima capa es inferior a la potente vegetación, de modo que las raíces de los árboles provocan magníficos realces en calles y banquetas. Y cuando las raíces cruzan de lado a lado del arroyo, se convierten en un tope natural; adición urbanística que—como todo lo ecológico— es digna de encomio y respeto.

 

Hay otra novedosa adición: los minitopes. Mojones de concreto, bolas de variable tamaño que caen a la calle desde camiones-olla de concreto armado, para evocar el implacable empeño de la industria de la construcción y de sus esforzados choferes.

 

Mi amigo José Antonio Crespo me envió un artículo suyo sobre los topes (“País de topes múltiples”), en el que exhibe el talento que, como politólogo, todos le conocemos:

 

“Lo malo no son los topes físicos en sí, sino la cultura que los genera, pues topes semejantes se hallan también en otros ámbitos sociales; en la economía, el comercio, la educación, la política, la información, la ciencia, la justicia, la administración pública o la organización energética. Topes burocráticos, institucionales, legales, políticos e ideológicos que, como los callejeros, se legitiman a través de una extraña racionalidad, pero que terminan generando lentitud, parálisis, impedimentos de mil tipos, obstáculos que entorpecen la fluidez social… los múltiples topes legales, burocráticos, económicos, administrativos y políticos, son levantado para bloquearnos tanto como sea posible.”

 

Termina Crespo con una observación que es todo un paradigma de nuestro estilo nacional de gobernar, de pensar, de actuar y de manejar nuestra vida con el siempre vigente orgullo de ser mexicanos: 

 

“…nuestro lema nacional parecería ser: ‘Si algo funciona bien, es porque algo anda mal’. Y acto seguido, le ponemos una zancadilla, levantando topes donde no los había.”

 

Crespo ejemplifica con su tema. El IFE y el sistema electoral funcionaban bien, lo cual había que corregir; es decir, echarlos a perder. ¡Claro que sí! Hacer eso es una de las más señeras prendas de nuestro ser nacional, nuestra idiosincrasia, carácter y originalidad.

 

No hay que ser injustos con los originalísimos topes. En el urbanismo mexicano no hacen falta cosas que en otros países son tan abundantes y aburridas como los caminos parejitos: las señales de tránsito, y el imperio de la ley.

 

Dicen en esos países que el tránsito debe regularse con base en la ley y la razón. Reglamentos y normas definen cómo deben ser los señalamientos y dispositivos viales, y dónde poner señales y prioridades de paso. Miden distancias y ordenan en qué carril o bocacalle puede avanzar uno mientras el otro se detiene. Dispositivos y señales cuadran los derechos encontrados de los concurrentes a las calles (automovilistas y viandantes), les imponen obligaciones, y agilizan la circulación. Y la policía multa a quien desobedezca señalamientos, se pase sin tener derecho, o se exceda en velocidad.

 

Pero eso en México no hace falta, como tampoco el estado de derecho. Además son países imperialistas (España, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Italia, etcétera) y nada tienen que ver con nuestros usos y costumbres. Acá hay que poner topes independientemente de las prioridades lógicas de paso o la cercanía a casas de políticos; de su costo, materiales, pintura, altura o mimetismo. ¿Para qué andarse con tales delicadezas? Los topes se quedan en su sitio porque —si a veces los baches desaparecen— los topes son, esos sí, eternos. Nadie los quitará, los haya donde los haya, y pase lo que pase. Relata Crespo que en la ruta de escape del Popo hay unos 200. En alguna emergencia, habrá magníficas explicaciones para entender por qué era ineludible que se muriera gente.

 

Un primo mío ha destruido dos cárteres de motor por pasar sobre topes como de 30 cm de altura. Otro pariente mío de plano destruyó un motor. Alguna vez dos muchachas se murieron porque a media carretera un tope las mandó contra un árbol. ¿Pero que, no otros chocan y hasta fallecen en esquinas sin topes? Obligada, única solución: topar las calles. Además, ¿quién les manda andar circulando, si en cualquier parte puede aparecer un tope? ¿O un bache? ¿Y quién les manda no tener cuidado, y no manifestar con legítimo orgullo que como México no hay dos?

 

Mi primo toca el cláxon cada que pasa por un tope. Si millones de conductores hicieran eso a cada tope o bache, la ciudad sería sinfónica. Y tendríamos las carreteras con más decibeles del planeta.

 

Pero de nuevo, hay que considerar los beneficios de la destrucción creativa, de que no gozan en Singapur o Suiza. Un hermano se peleó sin éxito por varios años contra el DDF porque un bache le destruyó una llanta, y ganó dinero el abogado. ¿Quién se opondrá a generar empleos de talleres mecánicos, ministerios públicos, llanteras o funerarias? Hay que tomar en cuenta que si algo en México funciona bien, hay que corregirlo patrióticamente conforme a nuestra idiosincrasia: aplicando la siempre creativa destrucción.



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Miguel Ángel Boggiano
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