MIÉRCOLES, 6 DE AGOSTO DE 2008
Falacias fiscales

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“El espejismo financiero creado por los altos ingresos extraordinarios de la factura petrolera ha distorsionado la realidad fiscal de que el gobierno está gastando mucho más allá de sus posibilidades.”


El espejismo financiero creado por los altos ingresos extraordinarios de la factura petrolera ha distorsionado la realidad fiscal de que el gobierno está gastando mucho más allá de sus posibilidades—además, destinando los ingresos de un recurso no renovable para financiar gastos permanentes.

 

Los ingresos tributarios derivados de la nueva tasa de contribución empresarial, el famoso IETU, han registrado resultados por debajo de las proyecciones originales—aun cuando la vida de este tributo es todavía muy corta para determinar una base empírica que arroje conclusiones determinantes.

 

Sin embargo, este fue uno de los errores principales del planteamiento oficial del IETU, es decir, que la razón de ser de la nueva tasa única, sea generar mayores ingresos para el gobierno. Varias falacias operan en esta sabiduría convencional. Por un lado, el gobierno debe gastar mejor, no necesariamente más. En los hechos, y en la corrupción, ha demostrado ser un pésimo intermediario de recursos, y pésimo administrador. Vaya, en un sentido general, varios de los recursos destinados al supuesto “gasto social” podrían tener un uso mucho más eficiente, con mucho mayor rendimiento social, si estos se entregaran en forma directa a los destinatarios finales del gasto, o sea, las familias más pobres de la economía nacional.

 

Por otro lado, un régimen de tasa única no puede convivir con un sistema de tasas preferenciales. Persiste la postura, innecesaria, de que la unificación de tasas al consumo es intocable, parte de la lista de tabús estúpidos y antieconómicos que caracterizan nuestra demagogia política, nuestro auto-engaño de ser excepcionales.

 

Por definición, un régimen de tasa única no es consistente con un régimen de tasas preferenciales. La gran virtud de la tasa única es que implica ir más allá de los objetivos de recaudación. Es un sistema que implica respetar a los contribuyentes, haciéndoles la vida más fácil, no tan sólo en la tasa final, sino en el cumplimiento de las obligaciones fiscales. El espíritu de un “flat tax” es declarar un determinado ingreso, restar el monto equivalente al porcentaje fijo, y realizar el pago. En este escenario, habría una tasa fija al consumo, una tasa fija a la renta de personas morales, y una tasa fija a la renta de personas físicas. Sí se podría incorporar, en este esquema, exenciones importantes para los deciles representados por las familias de ingresos bajos y familias en extrema pobreza.

 

Con el laberinto actual, y la integración de una nueva tasa, aunado con todas las pretensiones de gasto y promesas de populismo económico que de repente ha adoptado la actual administración, tenemos el peor de los escenarios: un fuerte gravamen adicional, sin la eliminación de impuestos especiales, o deducciones, o subsidios, o controles, o los créditos preferenciales, o los tratamientos especiales. Y además, con la necesidad de llevar tres tipos de contabilidades, junto con los ejercicios de calcular cuales de las tasas son las aplicables a los diferentes casos.

 

En las palabras de Ricardo Medina Macías, esto sería un caso más de vivir en lo “blandito,” de tomar una buena idea pero modificarla de acuerdo a nuestros criterios, a la forma de vida única.

 

Y este gran auto-engaño, esta mentira de que contamos con ecología institucional sui generis, es la peor de todas nuestras falacias económicas.

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