LUNES, 8 DE SEPTIEMBRE DE 2008
Asaltantes y teatreros

¿Usted cree que la economía mexicana entrará en recesión en los próximos meses?
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No sé



“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Edgar Piña







“Mover la cabeza hacia los lados nada resuelve, pero es lo único que se puede hacer, aquí en México.”


“Abre la caja y échate toda la lana y las tarjetas telefónicas, morro pendejo, o aquí te quiebro”, dice el sujeto al empleado de la tienda de compras rápidas, al tiempo que le enseña un revolver negro fajado en la cintura.

 

Retrocedo unos pasos pretendiendo buscar otra mercancía, al tiempo que otro individuo obeso y de aspecto descuidado, que está parado en el otro lado del mostrador de la caja, me lanza una mirada intimidatoria y hace un movimiento para aproximarse a mi. En ese instante entra otra persona al establecimiento y el tipo retorna a su posición pero sin dejar de observarme.

 

Aprovecho el momento y coloco con calma la cartera y las llaves del carro detrás de unas mercancías, al tiempo que saco un billete de cincuenta pesos y me lo hecho a la bolsa. Todavía me da tiempo de quitarme el reloj y permanezco con la botella de agua en una mano y con la otra sosteniendo una bolsa de cacahuates, tratando de conservar la calma y simulando no haberme percatado de que se estaba llevando a cabo un asalto.

 

Me atrevo a mirar hacia la caja y veo al de la pistola meterse en la bolsa unos billetes y conservar en la mano un paquete que parece ser de cigarros. En ese momento veo los ojos inyectados del individuo gordo y desfajado quien empieza aproximarse hacia mi, pero el de la pistola al cinto lo jala al tiempo que algo le dice y los dos se apresuran a salir pero sin dejar de voltear hacia al cajero.

 

En cuestión de segundos los asaltantes que ahora son tres se van en un vehículo de modelo atrasado, de procedencia extranjera y sin placas. Después de recuperar mi cartera, reloj y llaves, me  acerco al cajero que, ahora nervioso y tartamudeando, platica con otro empleado a quien el tercer asaltante había mantenido amenazado con un cuchillo, en el área de bebidas.

 

Esta novelesca escena la presencié en vivo y a todo color, en el interior de una tienda de conveniencia el pasado 28 de agosto en la mañana, justo a unos trescientos metros del lugar y a unos minutos antes de que iniciara la Novena Reunión Ordinaria del Consejo Estatal de Seguridad del estado de Sonora, en un centro de convenciones en la capital del estado.

 

Ya en plena reunión -efectuada en un local amplio, refrigerado, con abundancia de edecanes y con el auxilio de tecnología de punta en cuanto a audio y video-, se podrá imaginar el lector la sucesión de sentimientos, impulsos, ideas, disgustos y encabronamientos, que experimenté mientras escuchaba hablar a los políticos y funcionarios policiacos, sobre los avances y logros alcanzados durante el gobierno de Eduardo Bours en materia de seguridad pública y combate a la delincuencia.

 

Mientras las curvas de éxito en el combate a la delincuencia se proyectaban hacia arriba en las exposiciones de los encargados de procurar y otorgar seguridad y justicia, mis reflexiones giraban en torno a la excelencia teatral de toda aquella gente ahí reunida, que es capaz de representar un rol en ese tipo de eventos que en la vida real están muy lejos de cumplir.

 

¿Qué motivaciones, razones o incentivos pueden tener los políticos, los funcionarios públicos, los empresarios protegidos por el gobierno, los burócratas de medio y alto nivel aquí presentes, para cambiar las cosas? ¿Por qué habrán de estar interesados los comandantes de policía, los militares, los presidentes municipales en que se acabe el narcotráfico, el asalto, el secuestro, el robo en todas sus presentaciones, si ellos forman parte de una forma o de otra del negocio? ¿Qué interés pueden tener los académicos, intelectuales, periodistas y otros invitados en que se combata el crimen, la inseguridad y el cochinero en la impartición de justicia, si a ellos no les afecta y antes al contrario muchas veces les beneficia?

 

Dos horas después, ya en camino a mi centro laboral, observó a un patrullero de enorme abdomen y tapizado de herramientas de trabajo –pistola, gas, macana, radio, celulares y cargadores extra- mordiendo, seguramente, a un albañil que en su carcacha transporta materiales de construcción, pero que cometió el grave delito de traer rotas las micas traseras de su humilde vehículo.

 

Mover la cabeza hacia los lados nada resuelve, pero es lo único que se puede hacer, aquí en México.

• Inseguridad / Crimen

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