Pesos y contrapesos
Dic 22, 2008
Arturo Damm

Del salario mínimo (II)

Elegir el aumento salarial, sobre todo al salario mínimo, en función de la inflación esperada, si bien resulta políticamente correcto, desde el punto de vista económico no pasa de ser un disparate.

Año tras año es la misma historia: los integrantes de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos esperan a que el Banco de México de a conocer su proyección de inflación para el año que viene, para entonces anunciar el aumento que se otorgará al salario mínimo, incremento que siempre resulta unas cuantas décimas de punto porcentual mayor que la inflación esperada. ¿El objetivo? Que el poder adquisitivo del salario mínimo aumente, lo cual se consigue siempre y cuando la inflación observada al final del año resulte igual o menor que la proyectada, lo cual no siempre es el caso: de los ocho años transcurridos de la primera década del siglo XII, en cuatro (2002, 2004, 2006 y 2008), la inflación terminó siendo mayor que el aumento salarial, por lo que el incremento al mismo resultó fallido, lo cual dio como resultado un retroceso en el bienestar de los 6.54 millones de trabajadores que ganan el mínimo.

 

Con relación a todo este asunto, la primera pregunta que me viene a la mente es ¿por qué deben otorgarse aumentos salariales, sobre todo al mínimo, al inicio del año y, ¡todavía más enigmático!, concederse, no por lo que se logró, en el pasado inmediato, en materia de productividad, sino por lo que se espera suceda, en el futuro próximo, en materia de inflación? La pregunta, políticamente incorrecta, resulta económicamente pertinente, por la razón que explico a continuación.

 

La única manera correcta de que aumente el ingreso de los trabajadores es a partir de las mejoras en la productividad de sus trabajos (lo cual supone hacer lo mismo con menos o, ¡todavía mejor!, hacer más con menos), incremento en la productividad sin el cual cualquier aumento salarial resulta contraproducente, siendo su principal efecto negativo el despido de trabajadores: si, por las razones que sean, se concede un aumento salarial que no sea la consecuencia de un incremento previo en la productividad del trabajo, y por lo tanto de un aumento en el ingreso generado por las ventas de la empresa, el dinero extra que se le paga a unos sale de lo que se le deja de pagar a otros, otros que, para que se les deje de pagar, tienen que ser despedidos.

 

Si aceptamos que la única manera correcta de que aumente el ingreso de los trabajadores es a partir de los incrementos en la productividad del trabajo, debemos aceptar, en primer lugar, que lo primero (aumento salarial) debe venir después de lo segundo (incremento en la productividad) y, en segundo término, que elegir el aumento salarial, sobre todo al salario mínimo, en función de la inflación esperada, si bien resulta políticamente correcto, desde el punto de vista económico no pasa de ser un disparate, mismo que opera en contra de los intereses de los trabajadores que perciben dicho salario, cuyo aumento se fija a priori, al inicio del año, sin posibilidad de aumentar a lo largo del mismo, suponiendo que, en ese tiempo, se incremente la productividad del trabajo.

 

Supongamos que, al inicio del año, cumpliendo con lo establecido por la ley, redactada en función de lo políticamente correcto, se otorga un aumento al salario mínimo del cinco por ciento, y que a lo largo del año, por las razones que sean, la productividad del trabajo de los asalariados se incrementa en siete puntos porcentuales. Una vez concedido el aumento inicial, ¿se otorgará el segundo, por los dos puntos porcentuales que faltan?

 

Continuará.



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