JUEVES, 6 DE AGOSTO DE 2009
Se veía más presentable en pijama

¿Usted cree que el T-MEC será aprobado por el congreso estadounidense este año?
No
No sé



El punto sobre la i
“El gobierno es, esencialmente, poder frente al ciudadano. ¿Qué lo justifica?”
Othmar K. Amagi


Más artículos...
Manuel Suárez Mier
• Paul Volcker y México

Arturo Damm
• ¿Libre comercio?

Luis Pazos
• AMLO ¿regreso al PRI de los 70?

Arturo Damm
• AMLO bien, pero...

Ricardo Valenzuela
• El crimen de Bavispe, Sonora

Arturo Damm
• La causa del crecimiento

Arturo Damm
• Comercio exterior


Pulsaciones...
• De la amnistía a la legalización

• Votar, ¿derecho u obligación?

• Extinción de dominio y Estado de chueco

• Ante la 4T, ¿qué hacer?

Ricardo Medina







“Divagaciones más o menos frívolas acerca de la facha de algunos falsos héroes de la democracia.”


Desde el primer momento tuve serias dudas de que ese sainete en Honduras fuese propiamente un “golpe de Estado” pero ya se sabe que los simples ciudadanos vemos las cosas distinto que los políticos.


No me voy a meter en honduras (se dice que eso hace quien “trata de cosas oscuras y dificultosas sin tener bastante conocimiento de ellas”), acerca del asunto, aunque una lectura de la Constitución hondureña me ha persuadido de que ambas partes, Manuel Zelaya el defenestrado y quienes lo defenestraron con tan poca elegancia (¡en pijama y sin haberle permitido darse un regaderazo!), violaron esa Constitución; conjeturo que ambas partes tendrían que perder sus puestos y enfrentar acusaciones de delitos ante un juez; claro, el problema, en tal caso, se vuelve práctico y con cierto tinte de melodrama: ¿Quién cierra la puerta de la cárcel?

 

A lo que voy es a lo de la pijama. Fue muy poco elegante, le dio a todo el asunto desde el principio un toque tropical de cosa poca seria, de exotismo para disfrute de turistas europeos cultos, que se muestran sorprendidos y risueños ante las excentricidades de los nativos. Por esa misma razón parecía un asunto del siglo pasado, no de éste. En fin, se veía muy mal que hayan sacado a Zelaya de su casa a deshoras en pijama y lo hayan trepado a un avión. Algún periodista español –de esos que no perdonan las burlas– comentó que deberían haber sido más cuidadosos porque imagínense, exclamó, que Zelaya hubiese tenido la fea costumbre de dormir en paños menores o en cueros…


Pero con todos sus inconvenientes lo de la pijama generaba simpatías para Zelaya: lo mostraba desvalido. Si no podía exhibir golpes producto de una brutal tortura (porque no la hubo) o heridas escandalosas que mostrasen la violencia con la cual los “malos” le habían sometido (no parece haberla habido), podía exhibir al menos la ropa de dormir, la pijama, como ejemplo del “salvajismo” de los presuntos golpistas. ¡Esas cosas no se hacen! Lo malo –para Zelaya y sus amigos, reales o fingidos– es que, el presidente hondureño defenestrado, muy pronto adquirió otra estampa, ya no de víctima sino de palurdo adinerado, con sombrero tejano, que se sueña en el rancho inmenso con pozos petroleros, montones de vacas pastando (antes de convertirse en jugosos cortes), y conduciendo a toda velocidad, por sus inmensos dominios campiranos, una de esas camionetotas abrumadoras, potentes y prepotentes, que tanto gustan a quienes suspiran por ser rancheros motorizados. Émulos de George Bush, el pequeño.


Así llegó Zelaya a México, le dieron recibimiento con honores (no me meto en honduras, repito, pero aquello fue muy desagradable, como de parodia mala) y el tal Zelaya anduvo de arriba para abajo, recibiendo saludos, llaves de la ciudad (habrá que cambiar la cerradura para no llevarnos una sorpresa desagradable), sonrisas, algún beso y algún abrazo, así como “las seguridades de mi más atenta consideración” o como quiera que dijesen las despedidas formales en las viejas cartas. Todo, habrán de perdonarme, se vio mal. Como de visita incómoda que se recibe por obligación o por costumbre o porque “¿qué va a decir la gente?”. Episodio inolvidable que a todos nos hace sentir ridículos e hipócritas. Y el tío incómodo, de visita, ni siquiera parece percatarse del embarazo que causa. Por el contrario, se suelta contando chistes malísimos, se sienta a la mesa con sombrero, pide un palillo para hurgase los dientes, le guiña el ojo al ama de llaves, aventura dos o tres palabrotas y no entiende las indirectas (“bueno, creo que las visitas tienen sueño” dice la anfitriona y el invitado lo toma a chanza y propone echarse una cantadita de sentidas melodías vernáculas, con todo y gritos de “ay, ay, ay, ay” o de “ésa no porque me duele” o un “¡viva mi rancho, bola de cabrones!”).


La verdad el personaje necesita con urgencia un asesor de imagen y relaciones públicas que lo vista como víctima, que le de aires de personaje democrático, que le dedique un par de tardes (¡o más!) a quitarle lo palurdo y descarado, lo zafio. Con ese tipo nadie puede hacer la película del héroe civil moderno que se enfrenta a los militares despiadados y que vive agobiado por la pobreza y el sufrimiento de su pueblo bueno. Costa-Gavras, Konstantino Gavras, el cineasta griego avecindado en Francia, rechazaría hacer una de esas películas profundas y emotivas a las que nos tiene acostumbrados, con tal personaje: “Zelaya, el liberador de un pueblo oprimido” o algo así. No hay manera.


Se veía mejor en pijama. Daba lástima, al menos.

• Honduras

 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus