Ideas al vuelo
Feb 10, 2006
Ricardo Medina

De la "neutralidad" como una forma de intolerancia

Hay gente tan tonta –y tan intolerante- que nos prohíbe llegar a conclusiones después de analizar los hechos y los dichos. Cierto, la pluralidad propia de las democracias nos indica que hay diversas opciones políticas, pero la simple razón nos advierte, también, que es imposible que todas resulten correctas.

No han podido superar las cavernas del dogmatismo –digamos, la oscuridad del círculo de estudios marxista en el que sólo había un profeta verdadero, y una sola interpretación, autorizada por el partido, de las palabras del profeta- cuando ya posan de paladines de la tolerancia liberal censurando a todo aquél que se atreve a pensar por su cuenta, y -¡santo horror democrático!- a hacer juicios de valor tras analizar y sopesar hechos y dichos.

 

No es un atentado contra la democracia ni un condenable “sesgo ideológico”, por ejemplo, señalar que tales dichos o actos de tal o cual político popular son falsos o incongruentes o erróneos. Menos lo es, si antes de cometer ese “pecado” (emitir un juicio de valor) uno se ha tomado la molestia de verificar –confrontar con la realidad– y de acuerdo con las reglas de la lógica (que no son plurales, sino únicas), los mismos dichos y actos mencionados. Sin embargo, parecería que para estos aprendices de demócratas (llenitos, todavía, de prejuicios dogmáticos y de reflejos autoritarios) la tolerancia implicase que valen lo mismo la verdad que la mentira y que los políticos de su preferencia gozan de una patente de inmunidad a la crítica. Se parecen a esos legisladores que confunden su fuero para opinar libremente con un escudo de infalibilidad: “Lo que usted ha dicho, señor diputado, es una burrada” se atreve uno a decirles y de inmediato montan en santa cólera republicana y desenvainan –como si fuere machete o garantía de certeza– la consabida advertencia: La Constitución señala que los legisladores jamás –jamás, ¿me escucha usted, impertinente?– podremos ser censurados por nuestras opiniones”. De acuerdo, señor legislador, pero de que usted ha dicho una burrada (como llamar carbohidratos a los hidrocarburos o decir prepucio por occipucio) la ha dicho.

 

La tolerancia no significa que los ciudadanos nos hayamos convertido en perpetuos idiotas incapaces de distinguir entre una propuesta razonable y una ocurrencia disparatada, retrasados mentales a los que está prohibido -¡en nombre, nada menos, de la libertad de pensamiento!- discernir lo cierto de lo falso, o entre los hechos desnudos y los dichos adornados, o entre las hipótesis razonables y las meras conjeturas nacidas del prejuicio o de los delirios de persecución.

 

La tolerancia no debe ser prohibición para el análisis, el escrutinio y los juicios. La tolerancia no significa que la lógica sea un lujo extinto.

 

En fin, la tolerancia  y hasta la misma cortesía intelectual no impiden que lo más caballeroso que uno pueda decir, ante ciertas barbaridades, sea lo que imaginaba Gabriel Zaid que podría haberle dicho el lógico Abelardo a su amada: “Eloisa, por favor: no digas pendejadas”.



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