SÁBADO, 7 DE AGOSTO DE 2010
La mano peluda del gobierno

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Ricardo Medina







“La odiosa "dictadura del mercado" funciona mejor que el voluntarismo de los gobiernos.”


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Uno de los grandes peligros ocultos que nos ha quedado como saldo de la crisis global ha sido cierta reivindicación –frente a la opinión pública- del intervencionismo gubernamental en la economía.

Se trata de una reivindicación retórica que abruma pero que es totalmente injustificada. Más aún, un análisis objetivo de los factores que gestaron esta crisis, así como un análisis de su evolución muestran exactamente lo contrario: el voluntarismo de gobiernos y autoridades, ayudado por grandes dosis de discrecionalidad no exenta de arrogancia, propició la crisis y la agravó fatalmente. Basta recordar el fatídico 15 de septiembre de 2008 cuando las autoridades del Tesoro de Estados Unidos dejaron quebrar a Lehman después de haber salvado, meses antes, a otros bancos de inversión y justo la víspera de hacer un rescate multimillonario, con fondos públicos, de la gigantesca aseguradora AIG, por no hablar del rescate ruinoso de esas entidades híbridas casi gubernamentales que son Fannie Mae y Freddie Mac.

La jaculatoria que se invoca a diestra y siniestra, sin mayor análisis, es la del fracaso de la dictadura del mercado y de la autorregulación de los mercados. Dicho coloquialmente, la nueva consigna es: “Muera la mano invisible que mueve a los mercados, ¡que viva la garra peluda de los gobiernos!”. Por doquier se aferran, como a un clavo que arde, a la presunción de que “el mercado falló ostensiblemente; es la hora de la revancha intervencionista”.

Sin embargo, la odiosa “dictadura del mercado” sigue funcionando a despecho de toda esta retórica que desempolvó y sacó de los armarios las versiones más adocenadas de las ideas de Lord Keynes. Así, los mercados financieros simplemente dejaron de aceptar deuda soberana de Grecia o de otros países de la llamada “Europa periférica” y no quedó más remedio que ajustarse a ese dictado o morir en el intento de oponérsele. Y eso está bien. Porque los mercados no son otra cosa que la resultante de las voluntades (más o menos informadas, más o menos acertadas, pero libres) de millones de personas de carne y hueso desperdigadas por todo el planeta a las cuales no hay poder humano que pueda coordinar o manipular.

Así es y así seguirá siendo. Es, en tal sentido, que más que fallas de los mercados hay fallas de aquellos, arrogantes o ilusos, que pretenden saber mejor que millones de personas lo que quieren esos millones de personas. Y esos ilusos o arrogantes, con frecuencia inspirados en la mejor de las intenciones, suelen ser los gobiernos y sus burocracias.

Encuentro más que iluso a Barack Obama cuando dice, en un inusitado tono de nacionalismo populista, que la industria automotriz de Estados Unidos será muy pronto, y otra vez, la industria líder mundial. Supone el presidente de los Estados Unidos que al influjo de su buena voluntad y de varios miles de millones de dólares de los contribuyentes, los consumidores en todo el mundo correremos afanosos a comprar automóviles hechos en Michigan o en Illinois sólo por la dicha de poseer un vehículo caro e ineficiente.

También es iluso Obama cuando clama: “ya nos cansamos de comprarle a otros países, ahora queremos vender más”. Mala idea. Vender más no depende de voluntarismos; a Obama le habría bastado con ir a cualquier Wal Mart y ver qué compran sus compatriotas y tratar de averiguar por qué compran lo que compran. Ese es el mercado. Es un pertinaz “dictador”, pero funciona mejor que el gobierno.

• Intervencionismo • Crisis / Economía internacional

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