LUNES, 27 DE DICIEMBRE DE 2010
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“El advenimiento del cristianismo debía convertir una fiesta pagana de jaleo y alboroto en tiempo de meditación y sosiego, paz y amor; por eso fijaron como fecha del nacimiento de ese niño redentor el día en que terminaba la Saturnalia.”


Los judíos tienen una hermosa tradición que en mi familia hemos decidido adoptar, el Yom Kippur, Día del Perdón. Los gringos tienen otra que también hemos adoptado entusiastamente: el Día de Acción de Gracias.

A veces —evidentemente, no tenemos tradición judía— olvidamos la variable fecha del Día del Perdón. Es más fácil recordar cada Thanksgiving el último jueves de noviembre de cada año, fecha que hace siglos era oportuna para agradecer el fin de los ciclos agrícolas y prepararse las familias para el rigor severo del invierno. Y es imposible olvidar la Navidad, fiesta universal que recuerda a un niño que vino al mundo para ser redentor.

Siempre esta fecha me provoca reacciones curiosas. Además, en esta época los días se acortan, la temperatura baja, escasea el sol, su luz se acuesta y prolonga las sombras de los cada vez más pelones árboles; el alma se pone, como dirían los festejadores del Thanksgiving, blue: algo más melancólica, tristona, sosegada. Es época proclive a la paz, al recuerdo, a viajar hacia adentro del alma, a reflexionar (reflejarse en uno mismo); al perdón.

Hay también la contraparte: época de angustias y prisas, caótico tránsito y frenesí de compras. Describe Alfonso Ussía a Santa Claus como un viejo alcohólico y pederasta que se mete por las ventanas de los niños. Me cae gordo el chabacano recurso publicitario del muy detestable Mister Jo Jo Jo. Parecida cara de la Navidad es el relajo, la borrachera, la francachela, la juerga, la disipación etílica que recuerda las fiestas romanas en honor a Saturno: una semana de orgías en que tan todo se salía de madre, los juzgados se cerraban, los ladrones daban rienda suelta a sus empeños y el esclavo le faltaba el respeto al amo, pero sólo por una semana. En Roma dejaba de haber ley para dar lugar a festejos que solían terminar en que una víctima propiciatoria, un enemigo del pueblo de Roma —algún neoliberal de entonces— acababa brutalmente asesinado cuando terminaba la Saturnalia: el 25 de diciembre.

Sea cual sea la fecha en que nació Jesús, la importancia de su natividad rebasa con mucho todo prurito de precisión en la efeméride. El advenimiento del cristianismo debía convertir esa fiesta pagana de jaleo y alboroto en tiempo de meditación y sosiego, paz y amor; por eso fijaron como fecha del nacimiento de ese niño redentor el día en que terminaba la Saturnalia. Había que aprovechar la costumbre pagana para culminarla no con la muerte de un enemigo del pueblo, sino conmemorando el nacimiento de un salvador del pueblo de Dios, que traería paz a los hombres de buena voluntad y declararía que los dioses no eran enemigos de los hombres sino que Dios era uno solo; y ya no el colérico y vengativo Yahvé del Antiguo Testamento, sino un creador bondadoso a quien llamar padre, que respeta irrestrictamente nuestra libertad y al que podemos sentir cerca del alma y de la vida en todo momento, sin temor.

La Saturnalia me evoca las épocas recientes de mi atribulado país, en que parece que ese Dios bueno se hubiera ido de vacaciones para dejar rienda libre el enemigo; en que quisiéramos que ese Dios respetara menos la libertad humana e impidiera a los peores hacer lo peor... en fin, en este 2010 podría el premiado Vargas Llosa obtener respuesta a su gran pregunta con que inició su Conversación en La Catedral, pero no respecto al Perú. En este año bicentenario, algo se jodió en México.

Sin embargo, ¿quién quiere acordarse de eso hoy? Esta época recurrente nos recuerda que la vida está hecha de ciclos, de yangs y de yins. Como decía el bautista Juan, todo valle será llenado y toda montaña será allanada. Todo alcanzará su nivel. Cuestión de un poco de tiempo, y de esfuerzo, y de talento, y de imaginación, y de esperanza.

¿Esperanza? La tentación más a la mano es suponer que la esperanza es fútil porque esa virtud teologal vive a patadas con la realidad y con los noticieros. Parecería cuestión de cuento de hadas hablar de honor, de verdad, de justicia, de decencia. Y de esperanza.

Claro que no es así. Quien tenga un poco de sentido de la historia se dará cuenta de que la humanidad nunca había estado mejor, y que nunca habíamos tenido tantas posibilidades de salir adelante, pase lo que pasare con el mundo externo. Peores catástrofes han existido en toda época: genocidios, guerras, holocaustos, pestes, depresiones económicas y de toda índole; qué decir.

Jostein Gaarder describe bellamente en El misterio del solitario que todo humano viviente desciende de una historia infinitamente duradera de sobrevivientes. En las insondables y numerosísimas épocas negras que ha vivido la humanidad, y antes aún de nuestra proceso evolutivo, se han extinguido especies y han abundado las hambrunas, muertes prematuras, y penurias de todo jaez; ramas enteras del árbol de la vida se truncaron, sin procrear descendencia alguna. Fueron ensayos fallidos, antes y después de los neandertales, en los intentos de las especies por sobrevivir. La vida es un bien precioso, a apreciar en este momento en que hemos llegado a una cota más en esta aventura apasionante, llena de riesgos y osadías, del existir.

Literalmente, descendemos de millones y centuplillones de esfuerzos exitosos. Somos eslabones de una cadena de vida que no se ha roto; todos somos billetes triunfadores de lotería, por más que nuestro tiempo sea corto: el hoy no garantiza seguir estando dentro de diez minutos. Pero mientras llega ese indeterminado fin, los que estamos aquí tenemos el privilegio de la vida y posibilidades abiertas que jamás pudo haber concebido ni imaginado quien viviera en un ambiente menos privilegiado: hablo de prácticamente cualquier tiempo pasado. En estos primeros años del siglo XXI hay circunstancias externas que abren espacios de posibilidades jamás disponibles en las largas historias y metamorfosis de la humanidad.

La mejor forma de vivir la Navidad es yendo hacia adentro. Al hogar, a la consciencia, a restaurar los vínculos que puedan haberse lastimado por las circunstancias y pequeñeces que plagan la vida diaria. Es tiempo para planchar y dejar atrás agravios, ofensas, fregaderas, chiquiteces, mezquindades, asuntos originados en dinero o en objetos o en malas interpretaciones. La Navidad da a cristianos y no cristianos la oportunidad de su Yom Kippur: de perdonar y recibir perdón. A gringos y no gringos, de dar gracias. A toda la humanidad, saber que cuando se busca la cima más alta, al llegar a ella arriba importará muy poco averiguar si subimos por el camino cristiano, por el judío o por el hindú. A orientales y occidentales, oportunidades recurrentes como una Navidad que ya es universal nos recuerdan el privilegio de estar vivos.

Aprovecho estas desdibujadas, casi espontáneamente escritas líneas para agradecer a mi siempre creciente cantidad de amigos de ambos sexos, colaboradores y descendientes, los muchos parabienes que me han dado y los que han dirigido a mi familia, así como las atenciones y compañía de muchos de ellos durante este nuevo ciclo anual que llega a su fin, hoy que la noche es casi la más larga del año. Recuerdo también a quien se ha ido en este ciclo; y agradezco haber llegado en este 2010 a la edad que se ubicaba en un lejanísimo futuro cuando oía a Paul McCartney When I get older, losing my hair, many years from now…

Deseo a todos los mejores privilegios que pueda ofrecer este bien inapreciable de la vida, y este placer de la consciencia. Y especialmente, entre tú y yo, el compartir este espacio de silencios, con tu agradecible presencia en esta silenciosa conversación escritor-lector.

Estamos vivos hoy. Dentro de un año, ¿quién lo sabrá?


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