LUNES, 29 DE AGOSTO DE 2011
Reglas vs discreción

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Trato de tomar los mejores elementos de la justicia social y de la libertad económica. Lo que exploro es la posibilidad de una tercera constelación, más alta que las otras dos, moralmente mejor. Libertad económica, sí; justicia social, sí.”
John Tomasi


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“¿Deben los hacedores de política económica actuar discrecionalmente en respuesta a las cambiantes condiciones económicas o deben actuar bajo una regla fija?”


En mi anterior artículo presenté un debate abierto en la ciencia económica, relativo a la actuación activa o pasiva de las políticas macroeconómicas de estabilización –asunto relevante ante la desaceleración económica mundial. Como intenté demostrar, no existe conclusión, he dejado que el lector tome una decisión, respetando el libre albedrío, pero sometiendo a su consideración los cuatro argumentos existentes para ser cautos con el uso de las políticas para suavizar el ciclo económico (rezagos en la implementación; dificultad para realizar pronósticos; expectativas e historia).

Ahora presento un segundo debate asociado, éste surge al tratar de responder la siguiente pregunta: ¿deben los hacedores de política económica actuar discrecionalmente en respuesta a las cambiantes condiciones económicas o deben actuar bajo una regla fija? Se dice que la política es conducida por una regla fija cuando los responsables de hacer política económica adelantan a los agentes las respuestas a diversas situaciones y se comprometen con ellas después de su anuncio, lo que se intenta con esto es generar confianza y reducir la incertidumbre.

Por el contrario, cuando la política económica se conduce de forma discrecional, los hacedores de política económica se encuentran con las manos libres para actuar cuando ocurra un acontecimiento desestabilizador, bajo este enfoque se elige cualquier política que se considere apropiada. Antes de continuar, debo aclarar que el debate reglas versus discreción es diferente del debate políticas activas versus pasivas. Ya que puede ser posible que una política se conduzca bajo una regla fija y sea tanto pasiva como activa. Un ejemplo de esto ocurre cuando un gobierno decide como regla aumentar la oferta de dinero 2% cada año, independientemente de las condiciones (regla con política pasiva). El mismo gobierno puede decidir que la tasa de crecimiento del dinero esté en función de un porcentaje “X” (como en el caso anterior) más la diferencia entre la tasa de desempleo (U) en un año menos una constante “Y”; sí “Y” es igual a “U”, entonces el resultado es igual al primer caso, pero sí “U” es mayor que “Y” entonces el resultado es diferente e implicaría que la regla trata de estabilizar la economía incrementando la tasa de crecimiento de la moneda cuando la economía está en recesión (regla con política activa).

Los políticos en todos los casos, omiten el debate académico y deciden actuar, si esto ocurre, en lo que sigue, trataré de mostrar que es mejor que lo hagan bajo una regla fija que de forma discrecional. Es mejor que los agentes puedan anticipar las acciones de los gobernantes, a esperar de ellos una acción de política económica exitosa, generada espontáneamente. La política económica es algo sumamente importante como para dejarlo a discreción de los hacedores de política.

La primera razón para no dejarles actuar discrecionalmente tiene que ver más con la política que con la economía. En muchas ocasiones los políticos son seres oportunistas e incompetentes. La incompetencia proviene de lo errático del proceso político, lo que es el resultado del cambio de poderes de los grupos de interés. Adicional, los políticos no tienen el suficiente conocimiento para realizar juicios informados. La ignorancia permite que en muchos casos los charlatanes se hagan cargo de asuntos importantes. No es raro encontrar a políticos rodeados de charlatanes y a economistas competentes marginados [aclaro, sin ser esto una queja personal].

El oportunismo en la política económica aparece cuando los objetivos de los hacedores de política entran en conflicto con el bienestar del público. Muchos políticos utilizan la política macroeconómica para fines electorales, es frecuente observar que estos seres están dispuestos a sacrificar el consumo futuro en aras de mayor consumo presente, no tienen una visión intertemporal. En lo general, la manipulación de la economía con fines electorales es frecuente y se le denomina ciclo económico-político[1]. La desconfianza natural y obvia en el proceso político es una de las razones por las cuales es mejor manejarse con reglas fijas e independencia.

Si los políticos fueran competentes y no fueran oportunistas, la actuación discrecional sería superior a la actuación con reglas fijas. Ya que la primera implica flexibilidad. Si los políticos fueran inteligentes y benevolentes, existirían pocas razones para no aprovechar la flexibilidad como herramienta de respuesta a las cambiantes condiciones. No obstante, es posible que la flexibilidad llegue también a ser un problema, al no existir consistencia en el tiempo.

Resulta que muchas veces las autoridades anuncian que no se gravarán los ingresos del capital, esto con el fin de aumentar la inversión empresarial, pero después de un tiempo, una vez que las empresas se han instalado y crecido, el gobierno da marcha atrás a esta medida e incrementa los impuestos para obtener un mayor ingreso. Claramente, actuar así, nos deja en la misma o en peor situación.

La inconsistencia temporal se produce en muchas ocasiones en el ámbito de la política monetaria, cuando no se sigue una regla. Es común observar que los gobiernos decidan establecer como objetivo niveles bajos de inflación, reconociendo que esto se traduce en ciertos niveles de desempleo [el intercambio depende de la inflación esperada –curva de Phillips]. Por lo tanto, anuncian que se comprometerán con una baja inflación, pero dicho anuncio no resulta creíble. Las familias y las empresas forman sus expectativas sobre inflación y determinan salarios y precios. Entonces, los bancos centrales (independientes), tienen incentivos para descartar el anuncio e implementan políticas monetarias expansionistas para reducir el desempleo. Las personas entienden que los bancos centrales tienen incentivos para dar marcha atrás al anuncio oficial de una inflación baja y por lo tanto no lo creen desde un inicio. Con lo que la política discrecional termina perdiendo su sentido. Siendo entonces mejor establecer una regla de política monetaria[2].

En este y en el anterior artículo he analizado dos debates fundamentales relacionados con el ciclo económico. Por un lado, la alternativa entre mantener políticas activas o pasivas en respuesta a las fluctuaciones económicas. Por el otro, si la política que se siga debe obedecer a una regla fija o bien a la discreción del hacedor de política económica. Existen, como en todo debate, argumentos de ambos lados, la conclusión la tiene usted. Decidir qué es lo mejor requiere ponderar los argumentos políticos y económicos que subyacen al rol jugado por el gobierno al tratar de estabilizar la economía.

Por un lado están los que creen que el gobierno es una entidad construida para perseguir el bien de la mayoría, en consecuencia promueven su rol activo. Por el otro, los que creen que el gobierno está para evitar el menor daño posible y en consecuencia promueven un rol pasivo. ¿Existe una posición intermedia? Es evidente que sí, ya que ciertos grupos consideran la ubicación en los extremos sumamente riesgosa y deciden tomar lo mejor de ambas posiciones en la búsqueda del bienestar, fin último de cualquier ejercicio de reflexión.


[1] Nordhaus William, 1975, “The political business cycle”, en Review of Economic Studies, vol. 42, núm. 2, pp. 169-190.

[2] Bernanke Ben y Frederic Mishkin, 1997, “Inflation targeting: a new framework for monetary policy?”, en Journal of Economic Perspectives, vol. 11, núm. 2, pp. 97-116.

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