MARTES, 30 DE AGOSTO DE 2011
La invención de la libertad; la extinción de la libertad

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“China se come el mandado de ese Occidente luminoso que inventó la libertad y la responsabilidad individual. Pero hay un problema: China no conoce la cultura de la libertad, que hizo baluarte de la civilización a Occidente. Como sea, el XXI es el siglo de China. ”


China era grande y grandiosa en el siglo XIV. Desde Nankín, primera capital de la dinastía Ming, había caminos, comercio internacional y hasta clase media. El mejor nivel de vida lo tenía China.

Ese mismo siglo Europa se hundía en un desastre médico, bélico y religioso: comenzó la guerra de 100 años (duró 113), la peste mató a la mitad de la gente, y la religión entró en una colosal corrupción con el papado de Aviñón y un gran cisma. Eso luego de una época luminosa —el siglo XIII— en que Europa salía del medievo, con catedrales góticas y figuras como Tomás de Aquino, Dante, Giotto, San Francisco, Marco Polo, Roger Bacon.

Poco después, en el siglo XV se inició un desarrollo cultural, económico y humano que hizo renacer a Europa: el Renacimiento. China se quedaría postrada mientras Occidente iniciaba un ascenso cultural, político, económico, científico, militar y humano que duró hasta el siglo XX.

Hoy el eje Estados Unidos-Europa está enmarañado en un irrefrenable lío de deudas, expectativas de “bienestar”, consumo loco, moneda sin sustento; despiadada extracción de bienes de la tierra con alocada devolución a la tierra de basura sólida, líquida y gaseosa. Esta debacle se incuba en décadas de irresponsabilidad; es terminal, y provocará el mayor traspaso de poder en al menos tres siglos.

El siglo XXI es amarillo: Oriente dominará al mundo. Hay que viajar allí para sentirlo.

Un clavado en la historia aclara por qué Occidente llegó a tal nivel de progreso. Y por qué hoy echa todo a la basura, para beneficio de China y Hong Kong, India, Singapur, Taiwán, Surcorea, Japón. Para saber qué pasó, miremos muy atrás.

Conventos y universidades medievales

En el siglo XIII Tomás de Aquino reinterpretó el Evangelio según Aristóteles. Su obra se leyó en Salamanca, Sevilla, Valladolid y Alcalá de Henares por gente como Domingo de Soto, Martín de Azpilicueta, Diego de Covarrubias, Luis de Molina, Francisco de Vitoria. Según Leonard Liggio, se reconoció allí la dignidad del individuo, por su propia libertad para elegir o rechazar opciones morales y virtudes. Interesante consecuencia: la libertad individual produce en sociedad una civilización exitosa (en las fallidas, como las socialistas, el Estado o el dictador secuestran la voluntad libre).

Viene a colación que dos siglos después, un célebre moralista aprovechara esa obra de los escolásticos para redactar el primer gran tratado de economía. Adam Smith (1723-1790) escribió La Riqueza de las Naciones en protesta contra un mercantilista sistema de privilegios que arruinaba hasta la abyección a los habitantes del país más rico del mundo, con un régimen de permisos y concesiones, fronteras cerradas y privilegios, monopolios y proteccionismos.

Adam Smith, moralista, aprendió economía para combatir a quien explotaba a consumidores y proletarios para enriquecer a una casta de amigos que tenían el poder de su firma: el rey, su corte y socios. Hoy los llamarían neoliberales; o la mafia del poder.

El articular la dignidad del individuo, su personalidad y libertad de consciencia significó una gran avanzada de la libertad. Todo nació en las universidades medievales y conventos de España y Portugal. Dice Liggio: “La economía moderna, los derechos humanos y la ley internacional se fundamentaron en las universidades ibéricas de los siglos XVI y XVII… La grandeza de la Universidad de Salamanca apenas se está empezando a reconocer como centro intelectual de clase mundial”.

En pleno Siglo de las Luces Adam Smith, lector de los escolásticos, publicó La Riqueza de las Naciones el año mismo de una proeza civilizatoria: el nacimiento de los Estados Unidos. Al año siguiente proclamaron la primera Constitución del mundo que diseñó a un país basado en la libertad personal. Y sigue vigente.

Hoy, ese país que fue grandioso ha adulterado su señera tradición. Igual hacen la admirable Inglaterra, la culta Francia y la profunda España. Cayeron enredadas en las mieles de la moneda fiduciaria que al final se respalda en el valor intrínseco del papel; en los delirios del “estado de bienestar” y el ombligo estatal de la cuna a la tumba; las deudas y déficits para sostener todo con alfileres. Mientras, China se comió el mandado de ese Occidente luminoso que inventó la libertad y la responsabilidad individual.

Hay un problema: China no conoce la cultura de la libertad, que hizo baluarte de la civilización a Occidente. Nada comparte con la Escocia de Adam Smith y la Inglaterra de Stuart Mill. Menos tiene que ver con Salamanca y menos aún con Aristóteles. Por eso es China una inédita combinación de capitalismo libre centralmente planificado, comunismo maoísta light, individualismo colectivista salvaje, y derechos infantiles dignos del Pleistoceno.

Pero ni modo: el XXI es el siglo de China.

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