MARTES, 25 DE JUNIO DE 2013
Petróleo, ¿para qué? (I)

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“Si por privatizar entendemos el permitir la participación del capital privado en Pemex, permaneciendo ésta como empresa monopólica del gobierno, entonces lo propuesto por Peña sí es una privatización. ¿Es ésta la manera correcta de entender la privatización? No.”


Para decirlo de la manera más sencilla posible, Peña Nieto ha propuesto, en el marco de la reforma energética que presentará el Poder Ejecutivo, el darle a PEMEX la posibilidad, ¡que de manera por demás increíble no tiene!, de asociarse con capital privado, tanto nacional como extranjero, ¡lo que importa es en dónde se invierte el capital, no su lugar de origen!, para poder realizar de mejor manera sus tareas. Así lo dijo en la visita a Gran Bretaña: “Petróleos Mexicanos carece de los recursos suficientes para incrementar su productividad y, por lo tanto, requiere inversión privada”, todo lo cual, lo dejó muy claro, “no se trata de privatizar”, pese a lo cual no han faltado quienes, comenzando por López Obrador, han calificado a la intención de Peña Nieto, o por ignorancia o por mala fe, ¿cuál será?, como privatizadora.

Si por privatizar entendemos el permitir la participación del capital privado en Pemex, permaneciendo ésta como empresa monopólica del gobierno, entonces lo propuesto por Peña Nieto sí es una privatización. La pregunta es si ésta es la manera correcta de entender la privatización. ¿Lo es? No. Según el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, privatizar supone transferir una empresa o actividad pública al sector privado, y lo que pretende Peña Nieto es que, permaneciendo como empresa gubernamental (dicho sea de paso: ésta, gubernamental, es la palabra correcta, y no pública), Pemex pueda asociarse con capital privado para, uno, poder realizar de mejor manera las tareas que ya realiza y, dos, para poder iniciar la realización de nuevas tareas, participación del capital privado que es indispensable si se han de lograr tales objetivos, participación del capital privado en la industria petrolera gubernamental que es vista por muchos, o por ignorancia, o por mala fe, como una privatización, y por ello, ¡inexplicablemente!, como algo esencialmente malo.

Para explicar lo de “inexplicablemente”, supongamos que de usted, lector, depende cuál de estas dos opciones se llevará a la práctica. Primera: que todos los bienes y servicios con los que satisfacemos nuestras necesidades, gustos, deseos y caprichos sean ofrecidos por empresas privadas compitiendo entre sí. Segunda: que todas esas mercancías sean ofrecidas por empresas monopólicas del gobierno. De estas dos opciones, usted lector, ¿cuál elegiría? Para responder correctamente pregúntese lo siguiente: a usted, como consumidor, ¿qué le conviene: solamente un oferente, sin competencia en el mercado, o muchos oferentes, compitiendo entre sí en el mercado? ¿Cuál de las dos opciones, monopolio o competencia, se traduce en menores precios, mayor calidad y mejor servicio, trilogía de la competitividad que es una condición necesaria para que el consumidor eleve su nivel de bienestar?

La respuesta correcta es la primera: que las mercancías sean ofrecidas por empresas privadas compitiendo entre sí. Si esto es cierto, y lo es, ¿por qué el petróleo debería ser la excepción? La respuesta a esta pregunta tiene que ver con la respuesta a esta otra: petróleo, ¿para qué? Para satisfacer a los consumidores o para beneficiar a los mexicanos.

Continuará.

• Petróleo • Reforma energética

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