LUNES, 3 DE ABRIL DE 2006
Las nuevas leyes de Telecomunicaciones, Radio y Televisión

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“Entre los propulsores y los opositores del cambio a estas leyes hay vicios y virtudes. Por un lado, están los intereses a los que la modernización de la ley afecta. Por otro, la preocupación de que sólo unos cuantos puedan entrar al negocio.”


En medio de discusiones acaloradas y hasta agresiones contra algunos senadores, el Senado de la República decidió votar a favor la modernización de la Ley Federal de Telecomunicaciones (Lefete) y la Ley Federal de Radio y Televisión (Leferyt).

 

Con la actualización de estas leyes, se da un paso en la modernización del sector. De entrada, se elimina la discrecionalidad que el gobierno tenía para otorgar concesiones de radio y televisión. Se introduce una nueva modalidad que consistirá en subastar los distintos componentes del llamado espacio radioeléctrico (ganará el que ofrezca mejor tecnología y mayor eficiencia en costos), se amplían los plazos de concesión hasta en 20 años, así como se permitirá el que distintas empresas de telecomunicaciones puedan ofrecer señales digitales como Internet y telefonía móvil, por un costo adicional. Asimismo, se le da mayores facultades a la Comisión Federal de Telecomunicaciones para poder regular más eficientemente a los participantes del mercado de telecomunicaciones.

 

 Para darnos una idea de la división que provocó entre los distintos medios impresos y electrónicos, veamos algunas de las columnas, publicadas en distintos periódicos de circulación nacional, que aparecieron al otro día de la aprobación de ambas leyes: “Se moderniza la Ley Federal de Telecomunicaciones, Radio y  Televisión”, “Se aprueba la ley Televisa”, “Somete la Televisión al Congreso”.

 

Es obvio, el cambio de la ley afecta distintos intereses. De entrada, entre los propulsores y los opositores del cambio a estas leyes fundamentales, hay vicios y virtudes. Por un lado, están los intereses a los que la modernización de la ley afecta. Claro, para estos medios siempre serán más importantes sus intereses que la satisfacción del consumidor. Así surgieron estos medios, al amparo de las complicidades y componendas del corporativismo que dominó a este país durante más de 70 años. Por otro, también es legítima la preocupación que tienen algunos analistas y actores del sector de telecomunicaciones, de que el nuevo esquema genere una concentración excesiva en el mercado, en dónde sólo unos cuantos participantes puedan entrar al negocio. Preocupan pues las barreras de entrada que puedan surgir para entrar al mercado de las telecomunicaciones.

 

Bueno, hay que aclarar algunas cosas. Para empezar, ya se requerían cambios urgentes en materia de radio y televisión. La ley original databa de 1960. En cuanto a la ley de Telecomunicaciones, el paso acelerado en la innovación tecnológica que se da en este sector es apabullante; en este caso se necesitarán de cambios posteriores y periódicos, pues la innovación tecnológica en este sector siempre supera a la regulación de los gobiernos. Otro buen síntoma de que se ha dado un primer paso positivo, es la férrea oposición que el pre-moderno y anti-reformista, Senador Manuel Bartlett, mantuvo para evitar a toda costa, la aprobación de las nuevas leyes. Hemos aprendido que el Sr. Bartlett, siempre se opone a todo lo que huela a anti-estatización. Claro, él mismo es un de los artífices de ese México rancio estatista-corporativista, el México que privilegia a unos cuantos intereses oscuros, por encima de millones de consumidores. A Bartlett se le han unido algunos otros diputados bisoños que en un primer momento votaron por la ley, y ahora se dicen “arrepentidos y engañados” y quieren presionar al Ejecutivo para que vete la misma. Mayor incongruencia no puede haber.

 

Este es sólo el primer paso. Se requiere de proseguir ajustando y perfeccionando a las nuevas leyes, pues es posible que se generen barreras a la entrada. Recordemos que el sector de telecomunicaciones, radio y televisión, es uno en donde predominan los oligopolios, con dominancia (mayor mercado) para empresas como Telmex y Televisa, dominancia, no producto del talento ó la innovación, sino de leyes obsoletas que privilegian la concentración de toda una industria en unas cuantas manos. Las consecuencias: precios prohibitivos para el consumidor.

 

En el último índice llamado The Networked Readiness Index Rankings, que publica el World Economic Forum, México aparece en un mediocre lugar 55 (de entre 115 economías); lo anterior es síntoma de que en materia de innovación tecnológica en telecomunicaciones, no estamos muy bien. Eso se debe, en buena medida a nuestras obsoletas leyes de competencia y regulación en telecomunicaciones que necesitan con urgencia ser cambiadas y actualizadas. Las viejas leyes han privilegiado la colusión, la corrupción y por tanto han estimulado a la incompetencia y el mantenimiento de privilegios de los monopolios.

 

A propósito de mercados competitivos y monopólicos, es preciso recordar algunos principios, que tendrán que tomar en cuenta las leyes si realmente quieren tener un efecto positivo que redunde en lo que más importa: mayores opciones tecnológicas y precios más accesibles para los consumidores.

 

En primer lugar, los monopolios que se forman de manera natural en el mercado no son malos porque 1) no pueden cobrar el precio que se les ocurra por sus productos porque la gente los dejaría de consumir, y 2) son temporales porque la misma lógica capitalista favorece la innovación y la producción de productos alternativos. Erróneamente, mucha gente cree que la manera de frenar a los monopolios es creando férreas leyes anti-monopolio. No, esto no funciona así. Muchas veces estas leyes anti-monopolio sólo frenan el avance tecnológico y las economías de escala que tienen lugar en las empresas innovadoras. Por tanto, si estos monopolios llegan a formarse de manera natural (y sólo se pueden formar en algunos sectores, entre ellos el de telecomunicaciones y de tecnologías de la información), su persistencia es sólo temporal ya que otros capitalistas con afán de lucro desarrollan productos alternativos. Así que cuando una empresa, resultado del talento y la capacidad empresarial, innova y ofrece precios bajos (como el caso de Microsoft), entonces es una estupidez tratar de que el gobierno controle y divida a la misma, la cual se convirtió en grande por ser talentosa. Hay que entender que el límite a estas empresas es el mismo mercado; la naturaleza del capitalismo, mediante la innovación, crea presión a las empresas que dominan el mercado. Recordemos cuando muchos gobiernos intentaron proteger a los productores de máquinas de escribir (las computadoras no eran de uso masivo). Fue una tontería que sólo produjo rentas monopólicas (a costa del consumidor) de empresas como Olivetti. Finalmente, la innovación, mediante la aparición de nuevas tecnologías rompió con el monopolio de las máquinas de escribir. El gobierno, con sus leyes, sólo fomentó la aparición y consolidación de los monopolios. La estúpida estrategia de privilegiar a la producción a costa del consumo final.

 

En segundo lugar, como podemos apreciar, la mayoría de los monopolios de hecho se forman con ayuda del gobierno mediante:

 

1) El uso de patentes que son protegidas por el gobierno (siempre en vez de proteger a la marca del creador de un invento ó idea, se prohíbe la producción del mismo bien por otro competidor durante años, lo cual genera escasez; esto es contrario al espíritu de competencia y por tanto a la eficiencia económica), 2) El proteccionismo comercial (imponer aranceles para proteger a los productores locales) y, 3) las regulaciones gubernamentales que hacen prohibitivo que otros entren al mercado (generalmente sólo las empresas grandes son las que sacan ventaja de que las regulaciones sean más exigentes porque sus competidores más pequeños no pueden cumplir con ellas sin incurrir en costos prohibitivos).

 

Así las cosas, sólo el tiempo dirá si las nuevas leyes están a la altura de los cambios tecnológicos mundiales y lo más importante, si favorecen al consumidor. Por el momento se ha dado un paso positivo. Pero no debemos olvidar que es sólo el primer paso.


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