LUNES, 3 DE ABRIL DE 2006
El día que López, otra vez, hizo el ridículo

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Juan Pablo Roiz







“Tengo para mí, tras observarlo y escucharlo detenidamente, que el candidato López repetidamente sueña, en sus malas noches, más que con la victoria con lo que considera la peor infamia: hacer el ridículo.”


Si yo fuese el psiquiatra de Andrés Manuel López Obrador además de aconsejarle que se cambiase ése largo nombre, como de galán de telenovela que seduce a la sirvienta de la casa, le recomendaría que saliera a la calle en pijama o en calzoncillos. Se sabe que las personas obsesionadas por el sentido del ridículo suelen tener pesadillas recurrentes en las que se ven a sí mismos en situaciones embarazosas, como llegar a la escuela o al trabajo desnudos o en paños menores y, por lo mismo, ser objeto del escarnio y la burla de los demás. Tengo para mí, tras observarlo y escucharlo detenidamente, que el candidato López repetidamente sueña, en sus malas noches, más que con la victoria con lo que considera la peor infamia: hacer el ridículo.

 

Nuestro subconsciente “elabora” ese miedo obsesivo a hacer el ridículo revistiéndolo de formas simbólicas o alegóricas (estar desnudo en público “mostrando las íntimas vergüenzas”, sufrir vómitos y convulsiones en medio de una ocasión solemne a la vista de todos, perder el control y estallar en llanto histérico en medio de una junta de trabajo, andar por una concurrida calle con la bragueta abierta o con un hoyo en el trasero del pantalón sin que nos percatemos que TODOS nos están viendo y se están riendo de nosotros, nunca con nosotros) que salen a la superficie sólo en el sueño, cuando nos hemos relajado y las férreas y agotadoras defensas que hemos construido –y que se mantienen penosamente en pie cuando estamos despiertos y concientes- se derrumban dejando libres a nuestros demonios interiores.

 

El lunes 27 de marzo, en el programa “El cristal con que se mira” (canal 4 de Televisa) con Víctor Trujillo, el candidato López estuvo relajado y no sólo sonriente sino risueño. Me imagino que se sintió protegido y en un ambiente más que cordial obsecuente y hasta adulador que el señor Trujillo, intencional o inadvertidamente, le obsequió al mencionado señor López. Esa circunstancia nos dio la oportunidad de ver a López con menos máscaras y defensas que de costumbre. Por supuesto, no estaba en estado de inconciencia o duerme-vela sino plenamente conciente y alerta, pero menos preocupado que en otras ocasiones por mantener inflexiblemente a raya a toda la pléyade de demonios que –no me cabe duda- le atormentan. En otras palabras, tuvimos al paciente –o al objeto de estudio- en una situación propicia para obtener de él declaraciones más sinceras y reveladoras de su auténtica personalidad. De pronto, sin que pareciera venir al caso, criticando a sus adversarios, el señor López sentenció: “Lo único que jamás puede uno hacer en política es el ridículo”. Más tarde insistiría en el punto –no hacer el ridículo- como quien propone todo un plan de vida, un proyecto existencial. También nos dejó saber López que para él el mundo se divide entre quienes “nos ven con buenos ojos” y quienes “no nos ven con buenos ojos”, lo que confirma un talante egocéntrico –que no es lo mismo que egoísta- similar al de la primera infancia, y maniqueo, propio de quien padece una obsesión enfermiza por el juicio ajeno, por el “qué dirán” los demás. El momento culminante –en términos de revelación de las capas profundas del subconciente de López- ocurrió al final de la entrevista, cuando Trujillo le propuso contestar un cuestionario “de cultura general” al que han sometido también a los otros candidatos entrevistados en ese programa. Hecha la propuesta por Trujillo, el lenguaje facial y corporal de López se modificó de súbito y aparecieron los férreos controles del súper-yo: López se rehusó de plano a contestar el cuestionario y argumentó sin más que él no quería hacer el ridículo, “no por mí, no por nosotros –nótese el plural mayestático-, sino por la gente, por toda la gente que nos sigue, por lo que ellos ven en nosotros”. Esta respuesta de rechazo a un escrutinio más o menos trivial (no creo, entre paréntesis, que un cuestionario de “cultura general” elaborado por Víctor Trujillo se acerque siquiera, en grado de dificultad, a un examen de admisión a la escuela preparatoria), alegando justamente que no se desea “hacer el ridículo” fue la mejor confirmación del diagnóstico. Y fue también, para desgracia de López, la mejor manera de hacer el ridículo. 

 

Este resultado paradójico es típico en las conductas de temor obsesivo, al grado de pánico: El sujeto que sufre estos terrores obsesivos focalizados “realiza” -dicen los psiquiatras- sus propios temores. El hipocondríaco teme ante todo sufrir mareos en la calle y un desmayo que lo deje indefenso en un medio hostil (por ejemplo, una avenida céntrica intensamente transitada), su fobia a sufrir un ataque que ponga en riesgo su salud y su integridad física es tal que empieza a hiperventilar al tiempo que no puede alejar de su mente la obsesión (“no me puedo desmayar”, “lo peor que me puede pasar es desmayarme o sufrir un infarto”) y, como resultado, se marea, sufre un desvanecimiento y confirma su peor terror. El siguiente paso, si esta obsesión fóbica no es atendida por un profesional, es que el sujeto se incapacita a sí mismo cada vez más para llevar una vida normal: Empieza evitando las aglomeraciones y acaba encerrado en su habitación acosado por ese enemigo que se hace omnipotente y omnipresente (véase la brillante descripción en el célebre cuento “Casa tomada” de Julio Cortazar). Con el miedo obsesivo al ridículo acontece lo mismo, tarde o temprano, que con el miedo obsesivo a la enfermedad o a sufrir un ataque súbito que nos haga perder la conciencia: El paciente se va encerrando en sí mismo incapacitándose para vivir en el mundo.

 

Por ejemplo, es curioso y revelador que para López la mejor política exterior sea la política interior, no involucrarse en el acontecer del mundo sino replegarse en el ámbito doméstico, conocido, tranquilizador, que no desafía nuestra estabilidad emocional retándonos con situaciones desconocidas que no podamos controlar, en las que podamos hacer el ridículo. Es curioso también –y en la entrevista con Trujillo salió de pasada el comentario- que López seleccione escrupulosamente las convocatorias e invitaciones de los medios de comunicación a ser entrevistado (sólo acepta aquellas que le hacen quienes, a su juicio, lo ven “con buenos ojos”) para evitar que lo sometan al ridículo. Es curioso que, desdiciéndose, ahora rechace participar en varios debates con sus adversarios y acceda, obligado por las circunstancias, a un solo debate, el último, en el que –fantasea- podrá tener la situación bajo control. (Dicho sea de paso, será interesante ver si al último momento, pretextando cualquier motivo, López no rehusa también ese único debate; si lo hace es que percibe un peligro cierto de que en él hará el ridículo, de que en él se realizará su peor pesadilla). En fin, habrá que ver si este madrugador consuetudinario no lo es también porque teme al sueño, a ese estado de indefensión en el que estamos inconcientes y las barreras de defensa se derrumban. Un sueño plagado de pesadillas en las que se verifican los peores horrores: López en pijama ridícula vociferando en un mitin en el que la gente se ríe de él (no con él) mientras algún pájaro maligno, que podría ser una chachalaca, descarga desde el aire, inmisericorde, sus excrementos sobre la testa del sufrido López.

 

Digo que si fuese su psiquiatra le recomendaría salir deliberadamente a la calle en pijama o con alguna vestimenta ridícula –que provoque la risa o el escarnio- porque de esa forma aplicaríamos una técnica terapéutica muy efectiva para curar los miedos pánicos: la intención paradójica. ¿Le temes a los elevadores?, súbete diez o veinte veces a ellos y “desea” quedarte atorado en el elevador; habrás exorcizado tu terror. ¿Le temes al ridículo? Proponte hacer el ridículo –vestirte de payaso, llegar en pantalones cortos y camiseta a un acto solemne y rumboso, salir en pijama a la calle- y verás que tu miedo no vale la pena, no es para tanto. Habrás exorcizado tu terror al ridículo y podrás empezar el largo camino para recuperar tu auto-estima y enfrentarte al mundo como una persona más o menos normal.

 

¿Qué haría si fuese el adversario político de López? Desde luego darle cuerda a sus terrores, amagarlo a cada momento con situaciones en las que él tema hacer el ridículo…, y provocar entonces el resultado paradójico: Que mientras más tema hacer el ridículo, más lo haga, como le sucedió en esa entrevista el lunes 27 de marzo.


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