VIERNES, 29 DE NOVIEMBRE DE 2013
Papa anti-economista

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“De un plumazo, Francisco I rechaza o ignora la enorme riqueza de datos y evidencia empírica que muestran que sin lugar a dudas la economía de mercado es un sistema económico infinitamente superior a las alternativas socialistas para alcanzar mejores niveles de vida para la sociedad en su conjunto, incluyendo a los pobres.”


Yo sospeché desde el anuncio que el nuevo líder de la iglesia católica sería el cardenal argentino, Jorge Mario Bergoglio, que bien pudiera ser que la iglesia católica tendría ahora un Papa populista. No me equivoqué. En una larguísima Exhortación Apostólica, Francisco I endereza un ataque frontal a la economía de mercado:

“…alguna gente continúa defendiendo las teorías (económicas) del ‘derrame’ (SIC, trickle-down en inglés) que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante” (el subrayado es mío).

De un plumazo, Francisco I rechaza o ignora la enorme riqueza de datos y evidencia empírica que muestran que sin lugar a dudas la economía de mercado es un sistema económico infinitamente superior a las alternativas socialistas para alcanzar mejores niveles de vida para la sociedad en su conjunto, incluyendo a los pobres.

Además, el Papa debiera estar más preocupado en atacar la pobreza que en alcanzar la igualdad, lo que se logra con crecimiento económico acelerado como lo atestiguan todos los “milagros” ocurridos en la historia de la economía, los más recientes siendo China e India donde centenares de millones han dejado atrás la pobreza, aunque la distribución de la riqueza haya empeorado: antes todos eran pobres, hoy ya no es así.

El Papa haría bien en consultar el Índice de Libertad Económica que publica el Instituto Fraser que muestra que la gente que vive en las economías más libres tiene un ingreso por habitante superior, goza de mayores expectativas de vida, padece menor desempleo y mortalidad infantil, esto último de especial importancia para un Papa que nos recuerda que Jesús se “identificaba especialmente con los niños.”

La economía de mercado no genera pobreza, todo lo contrario, pero Francisco I la confunde con el “capitalismo de compadrazgo,” que es el lamentable sistema que prevalece en muchos países, como México, en donde hay un número enorme de pobres precisamente porque no se han adoptado cabalmente las reformas legales y económicas que garanticen el buen funcionamiento de la economía.

Esas reformas, que se han hecho mal y a medias y a pesar de ello se les achaca el fracaso del “neoliberalismo” económico, son atacadas por los socialistas de todos los tonos, que acto seguido proponen que un sacralizado Estado se involucre en corregir las disparidades e injusticias que provoca el pésimo sistema económico prevaleciente.

Esta es la pócima en la abrevó el Papa su sabiduría económica, en lugar de distinguir entre una verdadera economía de mercado que funciona apropiadamente gracias a un marco jurídico que prioriza los derechos individuales y de propiedad, y a un sistema de gobierno que asegura que se respeten y apliquen leyes bien concebidas.

Algunos comentaristas de esta Exhortación Apostólica atribuyen el origen de las ideas económicas del Obispo Bergoglio al desastre ocurrido en su diócesis de Buenos Aires en 2001 cuando el país entró en una profunda crisis económica resultante del rompimiento del sistema cambiario que había adoptado el Presidente Carlos Menem.

Si este fuera el caso, es claro que el buen Obispo no entendió la lección. La crisis efectivamente resultó en millones de nuevos pobres en Argentina, pero sus orígenes de ninguna manera pueden atribuirse a una economía de mercado que funcionara bien, todo lo contrario. El gobierno adoptó un sistema cambiario de extrema inflexibilidad apareándose al dólar de EU justo cuando ésta moneda se fortalecía.

La apreciación del peso argentino de la mano de dólar a partir de la adopción del nuevo régimen cambiario en 1991, significó que si bien se eliminó la inflación desbocada, la economía del país perdía sistemáticamente competitividad frente a sus dos principales socios comerciales, Brasil y la Unión Europea.

En adición, casi desde el principio el Ministro de Economía que adoptó la Junta Monetaria Domingo Cavallo se dejó varias salidas heterodoxas para poder manipular la cantidad de crédito disponible para la economía, lo que no responde al diseño estricto de un sistema monetario como ése, que ha tenido gran éxito en otros países.

Los argumentos de Francisco I y de un segmento no trivial de la Curia culminan exigiendo una mayor intervención del Estado asistencialista para redistribuir la riqueza, sin reparar que ello reduce los incentivos para el crecimiento y genera una dependencia parasítica de segmentos crecientes de la población.

¡La antieconomía más decantada!

• Liberalismo • Socialismo • Pobreza y desigualdad • Argentina

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