Asuntos Políticos
Abr 10, 2006
Cristina Massa

La caída del Peje: ¿el "efecto chachalaca"?

Comienza a romperse el eje dicotómico de la contienda entre AMLO y el resto de los candidatos. Esperemos que esto aliente la participación, reflexionando sobre los efectos reales de las palabras de los candidatos.

Con la colaboración de Edgar Moreno

 

Los adversarios de AMLO están contentos y tienen razones: las encuestas muestran un movimiento importante que pone a los tres candidatos principales en la pelea: baja la intención de voto por el Peje y simultáneamente aumenta por Calderón y Madrazo. La lectura general ha sido que el indestructible e intocable muestra signos de no serlo tanto. Muchos se lo atribuyen al llamado “efecto chachalaca”. Le dedicamos estas líneas a plantear algunos puntos tanto sobre el papel de las encuestas y su incidencia en las decisiones electorales, como respecto al tema concreto de qué nos dicen estas encuestas. Más que descalificaciones o celebraciones ad hoc, los datos requieren ser explicados.

 

Las encuestas electorales son fuentes de información importantes para que el elector conozca el escenario de la contienda, para que pueda estimar qué candidatos tienen posibilidades reales de triunfo, qué tan competida se espera la elección, así como otros elementos importantes para tomar su decisión. Pero además, son instrumentos políticos.

 

Desde los ojos de los candidatos, se convierten en estratégicas al menos en dos sentidos: primero, porque esperan que se les considere como una opción con capacidad de victoria, y; segundo, porque les importa el nivel de competitividad con el que será percibida la contienda. Unas encuestas favorables se convierten en señales de posible triunfo que alientan a los equipos de campaña y activistas de partido a seguir trabajando (cosa que buena falta les hacía a algunos equipos notablemente desmoralizados y divididos); consolidan el apoyo de sus bases electorales que al ver expectativas de triunfo en la alternativa preferida, mantendrán su intención de votar por ella. Más aún, en el caso mexicano, con un escenario tripartita, las opciones que están en primero y segundo lugar tienden a capitalizar el apoyo de una parte de quienes prefieren a candidatos que no tienen posibilidad de ganar (voto sofisticado o útil).

 

Estos son los efectos políticos de las encuestas donde radica su importancia. Así se explica la reticencia de Andrés Manuel a aceptar los últimos resultados publicados, la alegría de Calderón al difundirlos y la indiferencia de Madrazo por atenderlos. Aunque es posible que casas encuestadoras tiendan a favorecer a sus candidatos, lo cierto es que la coincidencia entre ellas (GEA-ISA, Beltrán y Asociados, Consulta Mitofsky y Demotecnia) valida sus resultados.

 

Atribuir la caída de Andrés Manuel al efecto chachalaca, supone 1) que el elector mexicano leyó el “cállate chachalaca” como una falta de respeto a la investidura presidencial sumado a un acto de intolerancia o autoritarismo y 2) reaccionó ante esta consideración apoyando menos al perredista. Respecto a lo primero, rebautizaríamos en su caso este asunto como el “efecto cállate”, dado que en un contexto donde son cosa de todos los días los epítetos zoológicos, no supondremos que escandaliza a los entusiastas seguidores de AMLO que, quien sin molestia alguna deja que se le denomine pejelagarto, le llame chachalaca al Presidente Fox, un fanático de la guerra de la fauna (sus referencias a las víboras prietas, tepocatas y marranadas lo ponen bajo el supuesto de que el que se lleva, se aguanta) y cuya incontinencia verbal permanente ha hecho que no sólo López Obrador sino todo el mundo, le dirija apelativos semejantes. Si acaso, se trata de una reacción ante el “cállate”, leído por algunos como una señal unilateral de cuándo hay diálogo y cuándo no, de descalificación e incluso represión. Pero, ¿es creíble que esto le parezca inadmisible a electores que se han sentido orgullosos de actos mucho más graves que éste porque le conceden un liderazgo moral a López Obrador para descalificar a instituciones como la Suprema Corte, el IFE, la presidencia, etc.? ¿Tanto como para abandonarlo súbitamente por hacer lo que ha hecho una y otra vez?

 

En nuestra opinión, si bien la temporalidad del asunto coincide con la caída del peje, resulta difícil establecer la causalidad entre ellas; es decir, Andrés Manuel ha realizado declaraciones autoritarias e intolerantes en otros momentos de su campaña sin que haya existido un efecto negativo en sus apoyos electorales, lo que sugiere que la inclinación por el perredista no descansa en estos valores o bien, que sus simpatizantes no leen estos actos como ataques a la tolerancia en sí misma sino como intolerancia a la corrupción y a la incompetencia.

 

De manera paralela al conflicto suscitado por la declaración, el PRI instrumentó una campaña negativa basada en elementos que parecen más importantes para los electores: con datos corroborables, Madrazo lo instaba a celebrar los uno, dos o diez debates que AMLO había dicho que estaba dispuesto a tener; lo retaba a explicar el aumento del desempleo y la deuda pública en la Ciudad de México, así como sus vínculos con Ponce y Bejarano; también el PAN patrocinó spots donde se le relaciona con Chávez y crisis económicas. Hace más sentido explicar la caída de AMLO como consecuencia de la campaña negativa en su contra, que toca temas que los mexicanos reconocen sistemáticamente como graves, al tiempo en que fue dotada de credibilidad por el reto a debatir y la publicidad de las cifras.

 

Se suma que la definición de candidaturas al Senado ha movilizado operadores electorales locales en los que el PRD es sustantivamente más débil que el PRI y el PAN. El desplazamiento de militantes del PRD de las listas de candidatos seguramente jugó en contra de la organización electoral de AMLO. Aquí se encuentra, por ejemplo, uno de los pocos motivos que explicarían el crecimiento de Calderón: su partido tuvo un proceso de nominación que contuvo el conflicto significativamente mejor que sus oponentes.

 

Otra posibilidad es que haya existido un cambio en los apoyos recibidos por votantes probables y no por el elector en general. La constante referencia de AMLO a su inevitable victoria, puede reducir la probabilidad de votar de sus propios simpatizantes, al creer que sus votos ya no hacen una diferencia. Al mismo tiempo, los oponentes que no pensaban acudir a las urnas, pueden estar empezando a percibir lo contrario: que su voto puede ser determinante.

 

En este momento, comienza a romperse el eje dicotómico de la contienda entre AMLO y el resto de los candidatos. Esperemos que esto aliente a cada vez más mexicanos a participar, y a hacerlo reflexionando sobre los efectos reales de las palabras de los candidatos.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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