VIERNES, 30 DE MAYO DE 2014
Los antieconomistas andan sueltos

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Manuel Suárez Mier







“¿Adopción de un impuesto global que grave progresivamente la riqueza así como un impuesto al ingreso que alcance una tasa máxima del 80%, como dice Piketty?”


La aparición del libro del economista francés Thomas Piketty, Capital en el siglo XXI, ha sido un fenómeno inusual por su éxito de ventas y por el intenso escrutinio y debate que ha generado entre quienes lo han recibido como el redentor que viene a actualizar Das Kapital de Karl Marx, y quienes creen que su trabajo es una quimera.

Hasta la reciente aparición de acusaciones puntuales enderezadas por analistas del Financial Times cuestionando el uso de las series estadísticas que dotan a este texto de su reclamo a la seriedad académica, las crónicas se habían dividido entre los predecibles aplausos rabiosos y la denuncia sobre la inviabilidad de sus propuestas.

La esencia del trabajo de Piketty es la creciente concentración de la riqueza desde el inicios de la revolución industrial en el siglo XVIII, tendencia interrumpida por las políticas progresistas aplicadas en muchos países a principios del siglo XX y por las subsecuentes guerras mundiales y la Gran Depresión del período entreguerras, que llevaron a disminuir la riqueza acumulada por la sociedad y su concentración.

De esta observación empírica Piketty deriva su teoría del capital y de la desigualdad en su distribución, y postula que mientras el rendimiento al capital sea mayor que la tasa de crecimiento de la economía, habrá una tendencia secular hacia una mayor concentración de la riqueza en manos de sus dueños.

Sustentado en estos cimientos, el autor propone la adopción de un impuesto global que grave progresivamente la riqueza así como un impuesto al ingreso que alcance una tasa máxima del 80%. Los comentaristas que han analizado este trabajo, con una que otra excepción, rechazan sus recetas de política tributaria como irreales.

Aún antes de las críticas a su metodología, que siembran dudas sobre la validez de todo el trabajo, se habían encontrado varios problemas en el análisis:

  1. Que la tasa de rendimiento al capital sea superior a la tasa de crecimiento de la economía no necesariamente conlleva a un deterioro sistemático de la distribución de la riqueza por la sencilla razón que los seres humanos no son inmortales y la mayoría dejan de acumular conforme se acerca el fin de sus vidas. Las herencias que se trasladan a la siguiente generación disminuyen la concentración al dividirse entre los herederos y pagarse los impuestos correspondientes.

  2. Piketty no toma en cuenta los cambios ocurridos en los sistemas impositivos en los últimos 30 años, lo que exagera las percepciones recibidas por el 10% de los causantes con mayores ingresos respecto a las entradas efectivas de las que disponen.

  3. En sus cálculos, el autor ignora las transferencias del gobierno en beneficio de los ciudadanos, como cobertura médica y de seguridad social y otros pagos que se hacen a grupos de menores ingresos que mejoran notablemente la distribución.

  4. El análisis no considera como riqueza sino la fracción heredable de la misma e ignora el valor presente de las pensiones, seguros médicos y otras prestaciones proporcionados parcial o totalmente por los empleadores, que disminuyen en forma tangible la disparidad distributiva.

La crítica del Financial Times a las series estadísticas de Piketty es reminiscente de las que se hicieron al trabajo de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff (Crecimiento en los tiempos de la deuda) en el que asentaban, también con base en una amplia base de datos, que cuando los países superaban un cociente de deuda a PIB del 90%, la tasa de crecimiento de sus economías tendía a disminuir severamente.

Como el trabajo de Reinhart y Rogoff postulaba las virtudes de la austeridad para evitar un endeudamiento excesivo, antieconomistas de la extrema izquierda en EU como Paul Krugman y Joe Stiglitz se le fueron a la yugular pretendiendo anular las sensatas conclusiones de su trabajo por los errores detectados en sus números.

Estos mismos antieconomistas hoy presentan al “heredero de Marx” como “quien ha escrito el más importante libro de economía… de la década entera” y defienden sus postulados y conclusiones con argumentos divorciados de todo análisis pero imbuidos de su mismo sesgo ideológico, que ven reflejado en el trabajo de Piketty.

En todo este debate, nadie repara en la verdadera causa de la concentración de la riqueza y de la persistencia de la pobreza: el capitalismo de compadrazgo patrocinado por gobiernos que impiden que los mercados en libertad operen debidamente y que una efectiva competencia acabe con rentas y utilidades monopólicas injustificables.

• Pensamiento económico

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