Pesos y contrapesos
Abr 25, 2006
Arturo Damm

La causa del miedo

El problema no es la persona, candidato hoy y gobernante mañana; tampoco lo es el partido político, de centro, derecha o izquierda. El problema es el gobierno y lo que la mayoría espera de él.

Mucha gente se pregunta qué puede pasar, a partir del 1 de diciembre próximo, dependiendo de quién llegue a la Presidencia de la República, pregunta que es producto de la ignorancia, de la inseguridad y la desconfianza o, para decirlo con una sola palabra, del miedo. Miedo ¿a qué? A lo que el próximo gobernante pueda hacer, o dejar de hacer, en todo lo relacionado con la libertad y la propiedad o, para puntualizar, con mi libertad y mis propiedades que, tal y como están las cosas, están, en muy buena medida, a disposición del gobernante en turno, de tal manera que la pregunta es inevitable: ¿soy libre?, o, por lo menos, ¿qué tan libre soy?, y lo mío, ¿realmente es mío?, o ¿qué tan mío es realmente lo que supongo mío?

 

Más de un lector podrá pensar que exagero, ¿será? No, de ninguna manera, y a las pruebas me remito. Según lo establecido en la Constitución, principalmente en el artículo 28, en México basta y sobra que el poder legislativo promulgue una ley en la cual se diga que la actividad económica a la cual me dedico es considerada estratégica, para que la misma sea expropiada, con su consecuente gubernamentalización, todo lo cual viola, uno, el derecho a la propiedad privada sobre los medios de producción y, dos, el derecho a la libertad para emprender. Así las cosas, ¿podemos afirmar que en México el derecho a la libertad para emprender y a la propiedad sobre los medios de producción está plenamente reconocido, puntualmente definido y jurídicamente garantizado? No, claro que no.

 

Otro ejemplo: en nuestro país basta y sobra que el Ejecutivo Federal proponga cobrar más impuestos, y que el Legislativo lo apruebe, para que los contribuyentes terminemos tributando más, lo cual quiere decir que la discrecionalidad del gobierno a la hora de cobrar impuestos es total o, dicho de otra manera, que no existe un límite a la capacidad recaudadora del gobierno, lo cual viola la propiedad privada sobre los ingresos y, por ello mismo, la libertad: no hay que olvidar que la propiedad (por ejemplo: de los ingresos) es la condición de posibilidad de la libertad (por ejemplo: para consumir), y que cualquier disminución de la primera limita la segunda (por ejemplo: la reducción de mi ingreso disponible, que es el que resta una vez que se han pagado los impuestos, limita mis posibilidades –libertad- de consumo). Así las cosas, ¿podemos afirmar que en México la propiedad sobre los ingresos, y por ello la libertad para consumir, están plenamente reconocidas, puntualmente definidas y jurídicamente garantizadas? No, por su puesto que no.

 

Lo anterior quiere decir que quien llegue a la Presidencia de la República puede atentar en contra de la propiedad y la libertad, si no de todos, si de algunos, tal y como lo hace el gobierno de Fox, tal y como lo hicieron los gobiernos priístas, tal y como, para acabar pronto, lo han hecho siempre los gobiernos, sobre todo desde que gobernar se convirtió en sinónimo de redistribuir, es decir, de quitarle a unos para darle a otros. Tal y como lo hará, no nos quede duda, el próximo gobierno, independientemente de quién llegue a Los Pinos.

 

El problema no es la persona, candidato hoy y gobernante mañana; tampoco lo es el partido político, de centro, derecha o izquierda. El problema es el gobierno y lo que la mayoría espera de él: redistribución, directa o indirecta; gobierno ángel de la guarda, que nos preserve de todo mal; gobierno hada madrina que nos conceda todos los bienes; gobierno que otorgue privilegios a unos, aunque al hacerlo imponga coerciones a otros; gobierno que trate de manera desigual a quienes debería tratar de manera igual: los gobernados.

 

El próximo gobierno, ¿me beneficiará o me perjudicará? ¿Me otorgará privilegios o me impondrá coerciones? ¿Redistribuirá a  mi favor o en mi contra? ¿Limitará más mi libertad y mi propiedad? ¿Qué tenemos? Ignorancia, inseguridad y desconfianza, miedo. ¿Por qué? Porque nuestros derechos, tal y como están las cosas, no están, ni plenamente reconocidos, ni puntualmente definidos, ni jurídicamente garantizados. ¿Y así, ¡así!, pretendemos salir adelante? ¡Por favor!



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