MIÉRCOLES, 26 DE ABRIL DE 2006
El Distrito Federal, ¿una anomalía? (II y final)

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El punto sobre la i
“El socialismo es moralmente incorrecto, políticamente autoritario y económicamente imposible.”
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“La apuesta para salvar al Distrito Federal de un progresivo deterioro económico debiera ser por transformar a la capital en un gran centro generador de servicios con alto valor agregado, integrado plenamente a la economía mundial mediante tecnologías de vanguardia. ¿Se podrá?”


Las personas, los mercados, se percatan de las tendencias antes de que lo hagan los analistas y los políticos: En términos netos, el Distrito Federal está expulsando población, no atrayéndola… como solíamos pensar antes abrumados por el gigantismo de la capital y por la proliferación de nuevos asentamientos regulares e irregulares en la zona metropolitana.

 

Esta expulsión de habitantes hacia otras entidades del país –o incluso hacia el extranjero-, no necesariamente es una buena noticia. La densidad de población y las altas concentraciones de habitantes en zonas urbanas lo mismo pueden ser un problema que una magnífica oportunidad. La densidad de población presiona ciertamente el gasto público para construir infraestructura adecuada y darle mantenimiento, pero también representa una magnífica oportunidad para el comercio y los servicios, dado que en principio la mayor concentración de personas debe mejorar las economías de escala.

 

Lo malo en el caso del Distrito Federal, para decirlo en pocas palabras, es que su clara vocación hacia una economía de servicios –abandonando inevitablemente las actividades secundarias o manufactureras- se está canalizando hacia servicios de escaso, pobrísimo, valor agregado, muchas veces al margen de la economía formal y hasta de la legalidad.

 

Para atraer inversiones nacionales y extranjeras en servicios de alto valor agregado, el gobierno del Distrito Federal debería ser ejemplar, un campeón si se me permite la palabra, en la defensa de los derechos de propiedad y en la aplicación de la ley. No lo es el gobierno local y no lo son los tribunales locales.

 

Para atraer inversiones nacionales y extranjeras en servicios de alto valor agregado, el gobierno del Distrito Federal debería invertir sus cuantiosos recursos –por recaudación propia y por participaciones y aportaciones del gobierno federal- en infraestructura y equipamiento urbano de calidad óptima, como se ha hecho en Pekín y en Shangai, por ejemplo, en lugar de destinar recursos a subsidios onerosos a fondo perdido.

 

Para generar estas inversiones, el gobierno capitalino debería ser también ejemplar en su apertura a los mecanismos de libre mercado (subastas públicas, por ejemplo) y ser el campeón de la transparencia y rendición de cuentas. Es obvio, que no lo está siendo.

 

Para generar dichas inversiones, el gobierno del Distrito Federal debería cuidar con esmero el patrimonio y el equipamiento urbano de la capital. No lo está haciendo. Basta ver el estado lamentable del “corazón” de la Ciudad: La Plaza de la Constitución.

 

Sólo he tocado, al vuelo, algunos puntos que podrían explicar las causas del deterioro progresivo del Distrito Federal. El asunto debiera interesarnos a todos, no sólo a quienes viven en la capital, porque a ojos vistas el Distrito Federal, dado su tamaño, se está convirtiendo en un pesado lastre para el resto del país.


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