LUNES, 5 DE JUNIO DE 2006
López, el Mesías mexicano

¿Usted considera que las acciones del actual gobierno concuerdan con sus propuestas de política industrial?
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“Por si alguien tenía todavía alguna duda, la reciente propuesta electorera del candidato López Obrador de plano lo aleja del espectro político en el que se mueve la izquierda. ”


Por si alguien tenía alguna duda, la reciente propuesta ilusoria, electorera y populista del candidato López Obrador, de aumentar por decreto 20% los salarios de las personas que ganan hasta 9 mil pesos, lo aleja definitivamente del espectro político en el que se mueve la izquierda. Más bien, como dice el académico estadounidense, George Grayson, en su libro Mesías mexicano, las propuestas de López, no son de “izquierda ó de derecha”, sino más bien se parecen a la ideología de los presidentes populistas priístas de los años 60 y 70. Y tiene toda la razón Grayson. Hagamos un breve recordatorio, amigo lector, de la historia económica de México, para que no volvamos a caer en la trampa de los gobiernos gastalones y populistas que tanto daño han hecho al país.

 

Aunque ya desde los años sesenta se cocinaba la primera gran crisis financiera de la historia moderna de México, comienza a acelerarse al inicio del sexenio de Luis Echeverría, en el año en que toma el poder, 1970. De entrada, Echeverría rompe con el equilibrio financiero que había caracterizado a las finanzas públicas mexicanas años atrás. Así, en 1973, Echeverría anunció con gran satisfacción que en ese año los egresos del gobierno crecieron en un 28% mientras que los ingresos lo hicieron a una tasa del 20%. Todo un festejo tétrico para hacerle oda al déficit fiscal. Entre 1970 y 1975 el mal llamado gasto de inversión pasó de 30,000 a 100,000 millones de pesos, lo que significó una tasa de crecimiento promedio anual de 16%. Este gasto etiquetado como de “inversión” en realidad era para pagar a la creciente y onerosa burocracia de instancias como la Secretaría de Educación Pública, el Instituto Nacional Indigenista y para sostener las ineficiencias de organismos como la CONASUPO, así como para rescatar a empresas privadas no rentables “con el fin de preservar los empleos” (esta es otra propuesta de López). Resultado: múltiples obras públicas sin rentabilidad social (los llamados elefantes blancos) y una deuda externa que pasó de 3000 a 22000 millones de dólares. El déficit de cuenta corriente (aquel que toma en cuenta la diferencia entre exportaciones e importaciones más el pago de servicios como el de la deuda del gobierno) no era financiado sanamente con una balanza de capitales superavitaria (resultado de recibir inversión extranjera directa e indirecta) sino con endeudamiento externo. Resultado: endeudamiento, devaluación, fuga de capitales y galopantes inflaciones (por primera vez de dos dígitos).

 

A Echeverría le sigue José López-Portillo. Con esto se continúa con la errada política económica de estimular el crecimiento económico mediante la expansión del gasto público. Por desgracia, esto sólo se haría evidente tras la caída en el precio del petróleo en 1982. El alza importante en el precio del barril del petróleo que caracterizó al mercado mundial a finales de los años setenta, inicios de los ochenta, permitió al gobierno López-portillista aumentar sin control alguno el gasto público, lo que a la larga causaría la debacle de las finanzas públicas. Hasta antes de 1982, la economía mexicana crecía a tasas promedio del 8%; era obvio, este crecimiento era artificial, impulsado por el gasto público apoyado en los altos precios del petróleo. Estos crecimientos artificiales son caracterizados porque van acompañados de tasas altas de inflación (de dos dígitos para arriba). Todo se viene abajo cuando en 1982 cae el precio del petróleo y comienzan a subir las tasas de interés en EU (lo que encareció el servicio de la deuda externa ya del tamaño de los 70 mil millones al finalizar el sexenio de López Portillo). Resultado: endeudamiento crónico (se pedía dinero prestado para apenas poder hacer frente a los intereses generados por la deuda principal), banca estatizada, inflación, devaluación, fuga de capitales y un aparato gubernamental obeso lleno de empresas estatales ineficientes, así como un oneroso e improductivo aparato burocrático

 

A partir del sexenio de Miguel de la Madrid se intenta corregir todos estos excesos. La receta para corregir esta borrachera populista derrochadora del gasto público, fue dolorosa e implicó, además de corregir los desequilibrios presupuestarios, que se diseñara un plan de desincorporación de empresas del gobierno mexicano (mediante privatizaciones a veces bien y a veces mal hechas) y de disminución de la burocracia (aunque esto se hizo de manera muy tibia). Parece increíble, pero hoy a este remedio se le culpa de todos los males. Se le llama despectivamente neoliberalismo. No, nunca confundir, como lo hace la izquierda mexicana, al remedio con la enfermedad. La enfermedad fue causada por estos gobiernos populistas mediante la expansión irresponsable del gasto público y a la agresión de los derechos de propiedad (mediante expropiaciones arbitrarias). Hoy día aún padecemos secuelas de la borrachera populista de Echeverría y Portillo: cada año, los sistemas de pensiones que administran los gobiernos federal, estatal y municipal, las universidades públicas y las empresas paraestatales necesitan más recursos. Se calcula que el déficit actuarial de las pensiones del sector público representa la impresionante cifra de 116% del PIB. La presión de estas pensiones proviene de cómo los presidentes populistas inflaron a la burocracia durante varios años. En su momento, esto no era un problema, pues por cada trabajador pensionado en el sector público había 20 en activo. Hoy las pensiones de dicho sector se acercan a un límite peligroso, pues hay menos de 5 trabajadores en activo por cada pensionado. Es una bomba de tiempo originada por los gobiernos gastalones.

 

No se deje timar amigo lector, el proyecto de López pertenece a estos gobiernos gastalones de los recursos escasos del contribuyente. Para empezar, no le alcanza a López para cumplir sus promesas. Sólo en una cosa tiene razón López: el gobierno es aún muy grandote e improductivo. Si bien la estrategia correcta es achicar aún más al gobierno (para generar ahorros que reduzcan paulatinamente los pasivos del gobierno y con ello las presiones de las pensiones), como pretende López, es un grave error utilizar estos ahorros para nuevo gasto público, que con el tiempo tenderá a incrementarse (por causas poblacionales). El próximo gobierno no tendrá más de dos años de maniobra para enfrentar el grave problema de las pensiones del sector público. Además, la historia desmiente nuevamente a López. En los años en que gobernó el DF, aunque fuera cierto que logró ahorros mediante la eliminación de privilegios y gastos superfluos del gobierno defeño (que no tenemos forma de comprobarlo por la falta de transparencia que caracterizó al gobierno de López), de nada sirvió pues comenzó a repartir el dinero sin ton ni son en elefantes blancos, en una burocracia creciente (el DF es hoy la entidad en donde en los últimos años más ha aumentado la burocracia) y en políticas pseudosociales, vía subsidios a los más ricos, que en el futuro comenzarán a presionar a las finanzas públicas del DF. Un despilfarro así a nivel federal, en un contexto de presión de las pensiones del sector público, sería desastroso.

 

Es obvio, en caso de que López Obrador llegue al poder, habría un período de bonanza inicial que tal vez duraría 12 ó 18 meses con mucho gasto en obra pública, transporte, vivienda y numerosos subsidios (en rescate de empresas privadas quebradas, pensión universal, construcción de universidades públicas, trenes bala, nuevas refinerías, nuevos parques turísticos, baja artificial en el precio de los energéticos, subsidios directos a asalariados, subsidios al campo, útiles y uniformes escolares gratis, etc., etc., etc.). El equipo económico de López está lleno de keynesianos ramplones (aquellos que creen que el gasto público deficitario ayuda, mediante la activación de llamada demanda efectiva, vía el consumo, a la recuperación de la inversión y la producción y de ahí al empleo; estas estrategias ya han sido abandonadas por los países desarrollados -y por la mayoría de los llamados países emergentes-, pues lejos de generar empleo y bienestar, estas políticas causan inflación y alza en las tasas de interés -producto de que el gobierno demanda más lana, quitándole dinero que le podría llegar a las empresas productivas- lo que castiga el crecimiento de las economías y por tanto la situación resultante es inflación con crecimiento económico pobre ó negativo -estanflación-. Resultado final: crecimiento artificial de la economía en el corto plazo y caída del crecimiento económico en el mediano y largo plazo con mayor inflación y desempleo para la gente) que desean emprender un “programa sin precedentes de obra pública”. O sea, más elefantes blancos, a costa del crecimiento sano y productivo de la economía. Las consecuencias de estas políticas keynesianas ramplonas (ahí está la historia) son déficit presupuestarios, deuda, inflación, devaluación, caída de la inversión privada y un aumento de la pobreza. Hoy EU está resintiendo el déficit provocado por el presidente Bush e intenta corregirlo de aquí al año 2009.

 

La realidad es que a López no le va alcanzar el dinero para construir su “Estado del bienestar”. La propuesta de subsidiar el salario por la vía directa e indirectamente por la vía de subsidiar el precio de los energéticos lleva en sí misma su propia semilla de destrucción. En primer lugar, eso requerirá de mayor gasto. Dice López que eso lo obtendría de ahorrar gastos superfluos en el gobierno. Suponiendo que eso fuera fácil de hacer -que no lo es pues para esto se requiere de consensos con los gobiernos estatales y municipales, además del Congreso de la Unión-, el subsidiar a energéticos como el gas, electricidad y gasolina sólo ocasionaría menores recursos para producir estos insumos (menos lana para CFE y Pemex). En el mediano plazo estas medidas sólo ocasionarán escasez de los energéticos subsidiados (resultado de la mayor demanda). Recordemos que además López es “globalifóbico” y no le gusta la inversión privada en el sector energético, lo que acrecentaría los problemas financieros de CFE y Pemex. Además, éste tipo de subsidios indiscriminados sólo benefician a lo más ricos (los que tienen más coches, más casas con aire acondicionado y más focos). En el mediano plazo la única vía para proseguir con estas erróneas políticas es el endeudamiento. La realidad económica sobrepasó a Echeverría y a López Portillo y lo mismo haría con López Obrador.

 

No, digámosle “no” al regreso de los mesías, que no son más que políticos con propuestas populistas que ya hundieron al país. Ha costado mucho lograr la actual estabilidad. López la desprecia; desprecia al Banco de México y a sus opositores en el Congreso. Sus políticas sólo pueden ser instrumentadas atacando al Congreso (mediante la eliminación a la mala de sus opositores) y eliminando la autonomía de Banxico. Esta es la antesala del infierno para que el Mesías de Macuspana rompa la estabilidad y se convierta en un dictador al estilo de Chávez. Como bien dice Grayson, por la forma en que gobernó al DF, López demostró ser un "hombre muy rígido, dogmático, antidemocrático, cerrado, secreto, muy seguro de sí mismo que no es demócrata, porque para él la ley no está hecha por representantes elegidos".

 

Políticos populistas setenteros al estilo de López, en combinación con la izquierda radical y violenta que le rodea, son los ingredientes ideales para el camino a la servidumbre, para el camino a la dictadura. Eso sí es un peligro para México. Tiene usted el poder de evitarlo amigo lector el próximo 2 de julio.


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