LUNES, 14 DE JUNIO DE 2010
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“Para la camiseta o el arte y muchas cosas más, la nacionalidad o el lugar donde vivo me importan menos que un cacahuate enchilado. Esas exaltaciones sentimentales patrioteras han demostrado ser una herramienta sumamente útil para aleccionar ideológicamente a románticos de mente débil y asesinar millones de personas en los últimos dos siglos.”


Recuerdo un día muy particular de 1986 en el colegio: En vez de clases nos sentaron a todos a ver el futbol. En todos los salones había un televisor que transmitía el partido de “México” contra “Bélgica”. De todos lados se oían porras, todos estaban enajenados. Recuerdo también que se me ocurrió confesar que yo le iba al equipo de Bélgica porque me parecía que jugaba mejor y, además, vestían uniformes más bonitos.

 

Malo, muy malo. Creo que hasta la miss me retiró la palabra y se ensañó conmigo el resto del curso. Como si hubiera dicho algo impensable o le hubiera faltado el respeto a alguno de mis compañeritos. Vaya.

 

El viernes, volví a insinuar que si bien no le voy a la selección de Sudáfrica, tampoco le iba a los hombres de negro (los que vestían de ese color). Malo, muy malo y requetemalo.

 

Sí, súper malo, pero no para mí…

 

Cuando el comercial en la tele nos recuerda, escurriendo romanticismo barato y nacionalismo ramplón, que “todos somos México”, no puedo estar más de acuerdo si es que “todos” se refiere a los mexicanos, de la misma manera en que todos los bautizados somos la Iglesia. En lo que no estoy de acuerdo, es en que todos los mexicanos le vamos obligadamente a México, de la misma manera en que no por ser mexicanos estamos obligados a ser guadalupanos. Entiéndanlo bien: En cada partido de la selección no está jugando todo México entero ni todos tenemos la mente puesta en rezar para que fulanito o perenganito metan un golecito. De hecho ni siquiera a todos los mexicanos nos gusta el futbol, ni –¡ay!- los mariachis.

 

Bien, a todos aquellos que se escandalizaron por mi inconcebible atrevimiento (tanto del viernes pasado como de aquel efímero momento mundialístico en México) se los repito una vez más:

 

YO TENGO TODO EL DERECHO DE IRLE A QUIEN SE ME PEGUE LA GANA IRLE Y DE IRLE POR LA RAZÓN QUE SE ME ANTOJE. YO NO LE VOY A QUIEN EL DIRECTOR DE LA ESCUELA QUIERE QUE LE VAYA, NI APOYO A QUIEN EL PRESIDENTE DECLARA QUE TODO MÉXICO APOYA, NI ME PONGO LA CAMISETA DEL COLOR QUE LOS DEMÁS QUIEREN QUE ME PONGA, NI TENGO QUE APOSTARLE A UN DETERMINADO EQUIPO SÓLO PORQUE NACÍ O VIVO EN LA MISMA CIUDAD/PAÍS DONDE JUEGA EL EQUIPITO. NADIE, POR MUY FLAMANTE QUE SEA, TIENE EL DERECHO DE CONTROLAR MI VIDA, NI MIS GUSTOS.

 

Que quede muy claro: Soy mexicana, pero antes de eso soy una persona libre, dueña de mis decisiones (incluyendo las relacionadas con el deporte). Antes que mexicana, soy ciudadana del mundo (si acaso pudiese aplicar tal término)… y que ni se le ocurra pensar a la Patria querida que soy una más de sus hijos soldaditos que el cielo le dio, y por supuesto tampoco le juro a esa señora exhalar en sus aras hasta el último aliento por ella así suene hasta el aturdimiento el famoso clarín.

 

Y escandalícense más: Soy mexicana, ¡y le voy a los Yankees! y si se me antoja también le voy a los Medias Rojas. Y si los Diablos Rojos del México, o la selección mexicana de beisbol, o de futbol, o de natación, o de matatena me parecen (nótese el verbo que denota subjetividad) muy chafitas, o sus uniformes no me gustan, entonces le voy a quien me plazca. Ah, y también prefiero mil veces el cine gringo que el de los “criadores” mexicanos, y me gusta más el Kirov que la compañía nacional, y aprecio más a Klimt que a Kahlo, y leo una obra de Bryce Echenique antes que de Monsiváis, y definitivamente disfruto más de la marimba que del mariachi (y ni soy tapatía ni costeñita).

 

Para la camiseta o el arte y muchas cosas más, la nacionalidad o el lugar donde vivo me importan menos que un cacahuate enchilado. Esas exaltaciones sentimentales patrioteras han demostrado ser una herramienta sumamente útil para aleccionar ideológicamente a románticos de mente débil y asesinar millones de personas en los últimos dos siglos.

 

YO ELIJO. Y también elijo si me gusta el futbol o no, y si lo quiero ver o no. Yo no finjo que me gusta el futbol y que me interesa cómo va el marcador de Serbia contra Ghana para quedar bien con las del gimnasio. No soy una acarreada más, y menos aún por cuestiones de nacionalismo idiota (ver el excelente análisis económico del deporte que hace hoy Godofredo Rivera y el comentario de Arturo Damm sobre el nacionalismo ramplón que generan los once cada vez que juegan y su director técnico cuando llora que “México sí puede”).

 

El asunto va más allá de futbol y deporte. Es un “asunto capital” sobre libertad y decisiones personales.

 

Por lo pronto, no sé usted, querido lector, pero yo esta vez elijo irle a… los italianos. ¡Pues porque son los más guapos, por supuesto!

• Deporte y economía

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